junio 2, 2011

Radiaciones solares: Crónica 15-M (Parte 2)

Escrito por Elisa T. di Biase


El hecho es que en Sol ya no se concentraban solamente jóvenes. Familias completas estaban saliendo a la calle y levantando la voz. Para mí y para muchos otros se fue volviendo imposible alejarse de la plaza que ejerce un vibrante magnetismo y recupera con creces su sentido de punto de reunión y convivencia –sentido que tantos gobiernos han tratado de arrancar a las plazas madrileñas despojándolas de sus bancas y abriéndolas hacia las calles para conformarlas en lugares de paso. Se volvió imposible quedar fuera de Sol. Ahí nos vemos y pasamos las horas del día escuchando a la asamblea, leyendo los cada vez más ocurrentes carteles, mirando al centro de la ciudad transformarse mientras sus ciudadanos lo recuperan para sí y lo habitaban hasta las últimas consecuencias, decidiendo y afinando sus exigencias y su postura, gritando, bailando y discurriendo, levantando las manos y agitándolas en el aire para decir que sí y cruzando los antebrazos para rechazar alguna propuesta.

Poco a poco la esencia de la concentración, que irradia desde el centro de los campamentos, perfectamente limpios y organizados en comisiones que se reparten tanto la organización material del asentamiento –la repartición de víveres y distribución del espacio, el abastecimiento de energía eléctrica, las facilidades para permanecer durante la noche, el buen estado de los equipos de megafonía que circulan libremente entre los asistentes, el procesamiento, traducción y distribución de la información tanto por las redes sociales como en el trato con los periodistas y la producción de comunicados- como la organización de los aspectos políticos, ideológicos y de acción ha ido contagiándose hacia los extremos de la plaza y las calles colindantes, de manera que no ha habido ni el menor signo de violencia, se puede ver gente que recoge basura, se pasa botellas de agua para evitar la deshidratación y espera pacientemente a que se le conceda la palabra y se llegue a un consenso sobre los diferentes puntos, aun a la una de la tarde bajo un sol plomizo. Si en algún momento –el jueves por la noche, para ser precisos- aquello amenazó con convertirse en botellón, los organizadores instaron a los asistentes a olvidarse del consumo del alcohol y a concentrarse en la reflexión. No se puede decir que el alcohol haya desaparecido del panorama pero sí que su consumo no es representativo ni ha ocasionado el menor incidente.

Gravitando en torno a la Puerta del Sol, las dudas se han ido disipando poco a poco. Hay una inexorable presencia de lo humano que desplaza las sospechas y saca a luz los cuestionamientos para ponerlos sobre la mesa de algún bar de las inmediaciones o de la misma asamblea. La voz todo lo incorpora y se discute y se cambia desde dentro. Los primeros recelos pasan a un segundo plano. Es claro que hay un espectro muy grande de conciencias e implicaciones sociales y políticas entre los asistentes a la concentración. Es ineludible colocarnos en el tiempo que nos tocó vivir y asumir que las revoluciones no son las de antes, para bien y para mal, con su germen de vacuidad posmoderna y su sano horror ante la violencia, las certezas implacables y los totalitarismos. Que hay presencias de las que no podemos escapar, pero que siempre nos queda el camino de resemantizarlas y transgredirlas hasta volverlas nuestra herramienta, que nunca es tarde para despertar, que todas las nuevas conciencias son bienvenidas, que no siempre estamos de acuerdo o tenemos una misma visión de la realidad, pero que hay un fondo muy sencillo, diáfano e innegable que nos une: la indignación, la súbita gnosis de nuestra humanidad ignorada y pisoteada, el reconocimiento de su valor y el deseo enorme de levantar la voz hasta su altura. Esa es la celebración y la gran revolución en la Puerta del Sol, por eso suenan los tambores y la gente canta, porque ha entrado en contacto con su dignidad y con su fuerza. Y los políticos temen, se retiran, intentan tomarse fotos que se les niegan. ¿Qué cosa más sana que el miedo de los políticos hacia un pueblo con los ojos abiertos y las manos apuntando al cielo?

Es indudable que dentro de la plaza funciona una democracia no solamente por la constante participación de todos los sectores, por la apertura a la palabra de todos, por la búsqueda de consensos, sino porque en hay en ella un núcleo humano despierto y consciente, que quiere tomar las riendas de su destino y asumir sus responsabilidades. Durante días he compartido la estupefacción de muchos ante este evento. Nos miramos, los miramos y no nos lo creemos.

Me parece que la inmensa mayoría de los asistentes a la plaza ya sabía el resultado de las elecciones. Era algo que se veía venir. En un sistema bipartidista no queda sino dar bandazos cuando algo sale mal. A estas elecciones sólo se les podía pedir algún aumento en la representación de los partidos pequeños. Y nada más. La apuesta de esta concentración es otra. Es una semilla de distinta índole y a largo plazo. Sol no crece hoy en lo externo, sino en el interior de quienes lo viven. Eso quiero creer. Ayer la asamblea decidió que se queda una semana más, mientras consigue afinar todos los aspectos de su organización que sentará sus raíces en los pueblos y en los barrios y se conectará con un centro organizador y comunicativo. La esperanza de todos es que esto no muera, que esto no se quede en un chispazo, sino que irradie y se siembre en conciencia y participación a largo plazo, en un cambio que vaya encontrando su camino en todas las estructuras resistentes.

Considero, con riesgo de sonar demasiado optimista, que ya se han extendido demasiado los tiempos en los que todo lo humano se ha declarado desaparecido y muerto. Ya estuvo bien del fin del mundo. Es hora de ir inventándonos otro y en eso intuyo que estamos. Al menos eso parecen querer decir los distintos grupos que se están irguiendo en la exigencia de la democracia, la paz, la dignidad y la justicia a lo largo y ancho del globo.

 


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