junio 1, 2011

Radiaciones solares: Crónica 15-M (Parte 1)

Escrito por Elisa T. di Biase
Ayer domingo 22 de mayo, antes de dormir puse un estado de Facebook que fue malinterpretado por varios de mis amigos españoles. El estado decía: “¡Qué semana más intensa y bonita ha sido ésta!”. Algunos de ellos, abatidos por la abrumadora victoria del PP en las elecciones regionales, se apresuraron a responder cosas como “Menos mal que te va bien a ti” o “Al menos los amigos están contentos”, la mitad con auténtica alegría por mí y la otra mitad dirigiéndome un velado y justo reproche. Honestamente, cuando puse ese estado no estaba pensando en el triunfo de la derecha que significa una vuelta al conservadurismo político y quizás una afirmación del neoliberalismo económico, ni había visto los festejos del Partido Popular en Génova y quizá debí de haber sido más sensible. Cuando puse ese estado, yo venía de Sol.

Es muy difícil intentar abarcar lo que esa concentración de gente que hasta hoy se sostiene en el kilómetro cero de Madrid y que se ha extendido por toda España y allende sus fronteras significa, todo lo que ha despertado, cómo se mueve, cómo respira e irradia su luz. Lo intentaré desde un punto de vista personal porque creo que en las pequeñas historias es donde mejor puede vislumbrarse la totalidad y la profundidad de un todo.
Yo soy mexicana y, además, no estoy de ninguna manera sustraída de mi entorno. Estoy al día en la inflación de la desesperanza y tengo, como todos, mi buena carga de escepticismo y de sospecha. No puede ser de otra manera, una mínima dosis de pensamiento crítico no permite en estos días abandonarse en los brazos del entusiasmo sin antes medir dos y tres veces las aguas.

La invitación a unirse a la marcha del 15-M circulaba desde hacía meses por las redes sociales. Desde el primer momento me pareció claro que las reivindicaciones de “Democracia Real Ya” y “Juventud sin futuro” eran a todas luces justas y necesarias en una sociedad que tiene a sus miembros –y no sólo a los más jóvenes- sumidos en la impotencia y el desaliento y subordinados a los designios ciegos de un sistema que los excluye moviéndose con sus propios engranajes indolentes. Las exigencias son, a pesar de lo que se ha dicho, bastante puntuales y abarcan la eliminación de los privilegios de la clase política, el reparto del trabajo fomentando reducciones de jornada y conciliación laboral hasta acabar con el desempleo estructural; el otorgamiento de incentivos a las empresas que firmen contratos a tiempo indefinido; las ayudas en los pagos del alquiler para quienes poseen el menor nivel de ingresos; la dación de las viviendas para la cancelación de las deudas hipotecarias; el control de las entidades bancarias mediante una serie de medidas que incluyen la prohibición del financiamiento popular de su rescate y la atribución de responsabilidades por mala praxis, ya sea a manera de pago de impuestos proporcionales al daño que causen sus malas gestiones o con sanciones penales ante la negligencia, además de la reglamentación de las inversiones, el gravamen proporcional a las grandes fortunas y atenta vigilancia ante la especulación, la fuga de capitales y el fraude fiscal. En otros aspectos, las peticiones hacen énfasis en dar peso a la participación ciudadana mediante el establecimiento del referéndum y de mecanismos que garanticen la democracia interna de los partidos además de en afianzar las libertades ciudadanas. El lema “No los votes”, que ha suscitado interpretaciones a conveniencia, se refiere a los dos principales partidos y nunca se pretendió fomentar la abstención ni el voto en blanco, sino el apoyo a los pequeños partidos para poder instaurar así una pluralidad de voces que hiciera de la democracia una realidad más tangible.

Aun así, en un primer momento, la manifestación no parecía desmarcarse de otras con causas igualmente justas, pero que no tienen eco en una sociedad que ha naufragado en la apatía, el consumismo y en el individualismo a ultranza. Una más. Sin embargo, si se me permite volver a mi experiencia personal, las recientes movilizaciones en México, el ambiente de solidaridad y de creatividad que se vivió durante la Marcha Nacional, habían encendido en mí la esperanza en la voz humana y no pude dejar de asistir a la convocatoria.

La primera vez que llegué a la plaza –a pesar de que Metro de Madrid difundía la ilegalidad de la concentración de una manera un poco intimidante- yo no era la única que titubeaba. La mayor parte del quórum estaba conformado por jóvenes; el grito, aunque volvía a surgir, se apagaba rápidamente y la policía rodeaba Sol con un despliegue de fuerzas francamente innecesario e imponente. Ahí me encontré con el periodista mexicano Manuel de Santiago que vive a escasos metros del centro madrileño y muy amablemente se había ofrecido a acompañarme para no dejarme sola entre tanto policía y también con un par de amigas que venían del trabajo a unirse a la manifestación. La emoción ya estaba ahí y sobre todo la semilla de lo que iba a venir, pero eso todavía no lo sabíamos. Manuel se apresuraba en ir y venir de su casa a la plaza para registrar y transmitir, nosotras levantábamos las manos tímidamente y ya empezábamos a mirarnos de reojo con alguna pregunta y el ánimo conmovido. Después de estar unas horas ahí, nos dirigimos a un bar cercano junto con otros amigos que se nos habían unido y empezamos a hablar. Todos en la mesa menos yo eran maestros y les gustaba su trabajo; incluso sostenían con buen ánimo una situación insostenible: contratos por horas renovables en periodos de incluso sólo dos semanas, la total incertidumbre laboral. Se habló de la imposibilidad de tener hijos, de plantearse un futuro, de sentimiento de absoluta impotencia que suele abrumar a nuestra generación, la de los nacidos en los años ochenta, y me parece que, de manera aún más punzante, a las generaciones posteriores para quienes parece que no ha quedado nada.

Todo empezó a crecer con una fuerza que no habíamos previsto y, en la marejada de los eventos, muchos tratábamos de mantenernos pensantes y atentos ante los hechos, de no dejarnos arrastrar por una ola cuyo significado no acabábamos de comprender. La concentración en la Puerta del Sol crecía y crecía y, con una velocidad inusitada, las personas por las calles y las palabras y las consignas en carteles y pantallas empezaron a desbordarse. Muy pronto todo estaba traducido al inglés y se dejaba caer en una cascada interminable de twits, enlaces y estados de Facebook, artículos extensos en todos los idiomas y primeras planas del Washington Post. Temimos encontrarnos en un comercial de ropa con la cara del Che Guevara en el estampado, si se me permite la imagen. La desconfianza ante la masificación y la proyección fue la primera reacción que percibí entre la gente que me rodea.

“Estoy confuso” rezaba el estado de Facebook de Alejandro Fernández-Osorio, un poeta y novelista asturiano nacido a mediados de los ochenta, persona sensible, pensante y solidaria si las hay. Las preguntas iban en torno al papel de los nuevos medios, de hasta qué punto eran una herramienta inédita de la democracia que extendía la voz de los ciudadanos y le daba visibilidad y horizontalidad y hasta qué otro estar transmitiendo a través de un Iphone o una Blackberry nos hacía víctimas y promotores del sistema que criticábamos y quitaba autenticidad a la concentración. ¿Era una manifestación libre? Temíamos la manipulación y estábamos buscando sus signos. Tratábamos de adivinar en cada mirada y en cada cartel un fondo o de desenmascarar los intereses y las veleidades que pudiesen estar determinando el actuar de tantas y tantas personas. Por otro lado, a otras miradas críticas, como a la del periodista y escritor Óscar Valero, de la misma generación, les causaba escozor esta súbita espontaneidad. ¿Dónde estaban todas estas personas antes? ¿Por qué no se habían manifestado en tantas otras ocasiones y hoy enarbolaban con aplomo de dueñas y señoras la bandera de la conciencia social? Por mi parte, desconfiaba sobre todo de la facilidad con la que se hablaba de “revolución” y temía que todo esto fuera una réplica posmoderna e inocua -por vacía- de las manifestaciones en los países árabes.


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551 comentarios a “Radiaciones solares: Crónica 15-M (Parte 1)”


  1. Avril

    Una mirada muy humana y esperanzadora sobre este movimiento. Felicidades.