junio 16, 2013

Delfos baila lo bailado

Escrito por Ana Sofía Rodríguez Everaert

DelfosEn la danza hay clásicos innegables, coreografías que se representan una y otra vez a fuerza de la tradición, de la costumbre del público y del invierno. Las variaciones entre una y otra representación son mínimas, la esencia coreográfica se mantiene y Don Quijote siempre es de Petipa. Pero hay otras maneras de bailar lo bailado, hay clásicos que se readaptan y que quieren ser siempre nuevas creaciones.

Este fin de semana, Delfos Danza Contemporánea presenta en el Palacio de Bellas Artes dos coreografías que son clásicas por su música. Del Bolero de Ravel y de La Consagración de la Primavera de Stravinski que regresan al escenario Victor Manuel Ruiz y Claudia Lavista, surge la interrogante de si es posible crear algo nuevo con notas que han pasado ya por el cuerpo de mil maneras. Son dos piezas originalmente concebidas para acompañar ballets, nacían las partituras mientras nacía el movimiento, e independizarlas parecería mutilarlas. Pese a esto, las composiciones de Ravel y de Stravinski se han adaptado incansablemente con la música que ya se escapó de su primera interpretación. Pero, aún así, ¿en qué medida se puede hacer algo distinto con el Bolero, o con La Consagración… cuando al recuerdo de ambas piezas las acompañan coreografías e incluso cuerpos determinados? ¿Se puede reinterpretar no sólo aquello que fue interpretado antes, sino aquello que se formó también gracias a la interpretación original?

Delfos trae a la Ciudad de México dos proyectos que pretenden eso, darle nuevas imágenes a sonidos ya conocidos con dos coreografías muy distintas entre sí, pero construidas alrededor de la reapropiación de clásicos. Son dos nuevas interpretaciones de piezas bailadas por casi un siglo y que Delfos distingue con la incorporación de elementos que además del cuerpo, participan también del movimiento. En el Bolero se establece un juego progresivo con el vestuario que llena un vacío antes imperceptible entre el movimiento y la música. Las gabardinas que acompañan a los bailarines les dan más cuerpo mientras acompañan con sonido a los tambores. La Consagración…, por otro lado, tiene una escenografía más elaborada, que móvil, es a veces apilada y a veces utilizada como segundo escenario y que hace de ésta coreografía una obra mucho más conceptual. En ésta, el vestuario no sólo participa del movimiento, sino de la interpretación.

Pero más allá del vestuario, el Bolero mantiene su simetría. Frases logran escaparse, pero casi inmediatamente se reincorporan al ritmo estable y a la repetición del tambor. Y La Consagración…, que con Delfos participa de otra época, mantiene lo salvaje en su composición, la interpretación no se deslinda del juego entre lo frágil y lo beligerante. Así, ninguna parece acabar de proponer algo distinto a lo propuesto ya por Nijinsky o Béjart, los coreógrafos más afamados de estas obras. Sea que tengan ya demasiado peso esas primeras coreografías, o que escuchar las piezas de Ravel y de Stravinski inevitablemente sugiera ciertos temas y patrones de movimiento, las reinterpretaciones que hace Delfos vale la pena por los cuestionamientos que despierta, aunque éstas no se alejen en lo fundamental de lo tantas veces visto.

La Orquesta Filarmónica de la Ciudad de México toca dos clásicos de siempre, y las coreografías de Ruiz y Lavista los homenajean. Ver a Delfos bailar nos recuerda que si los clásicos se mantienen, es porque nunca dejan de hablarnos. Si nos dicen siempre cosas similares, probablemente no sea porque su historia tenga un límite, sino porque vale la pena recordar esa historia, acompañada por gabardinas y muebles de nuevos tiempos.

 Ana Sofía Rodríguez Everaert 

Aquí para ver los horarios de las presentaciones de Delfos.


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595 comentarios a “Delfos baila lo bailado”


  1. Willa Q. Sears

    la conciencia (pensamientos, emociones, deseos, voluntad, toda la vida mental o psíquica) está básicamente en el orden implicado como lo está la materia, y, por consiguiente, no es que la conciencia sea una cosa y la materia otra, sino más bien que la conciencia es un proceso material y está ella misma en el orden implicado, como lo está toda la materia, y que la conciencia se manifiesta en algún orden explicado, como hace la materia en general”. Según su hipótesis, la diferencia entre la materia y la conciencia se encuentra en el estado de sutilidad, “la conciencia es posiblemente una forma más sutil de materia y de movimiento, un aspecto más sutil del holomovimiento”.


  2. Peggy Wiggins

    Podemos definir al humano como aquel lugar donde se dan cita dos movimientos cósmicos de dirección contraria: uno centrifugo, biológico y evolutivo que corresponde a la emergencia de nuevas complejidades cuya cima es la autoconciencia y otro centrípeto, recursivo y replegado hacia dentro hasta la conciencia basal y la infraconciencia. Ambos mundos tanto el de dentro (inconsciente) como el de afuera (cosmos) se consideran infinitos (Stern) y se confunden ambos en la máxima esóterica “lo que está arriba se corresponde con lo que está debajo”.


  3. Earline Fry

    los oráculos más famosos de la antiguedad griega fueron los de Delfos y Latona, aunque abundaron en todo el mundo antiguo. Si bien ha sido imposible averiguar el origen de las profecías oraculares, se sabe que muchos de tales lugares ya eran considerados sagrados antes del nacimiento de la cultura helénica. El más famoso de los oráculos clásicos, el de Delfos continúa hoy como uno de los grandes misterios pendientes de resolver.


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