marzo 25, 2013

En el bolsillo de un periodista cabe más que un lápiz

Escrito por Francisca Gómez Montecinos

 

Yo no conocía a Héctor García. Entré al Museo de Arte Moderno sintiéndome de esos turistas tan comunes como desagradables cuando uno es baquiano. Con la cámara de fotos escondida, me sentí ridículamente importante y con una sensación de absurda desconcentración ante lo que estaba por ver. “Yo no vine a conocer museos, quiero conocer a la gente, la comida, la ciudad”, pensaba mientras en mi boca una parte de mi labio superior se alzaba hacia mi nariz.

Entré a una de esas frías –demasiado frías- salas de arte, donde exponían dibujos motivados por el desorden y el surrealismo, pero que de lo cual sólo me produjo algo su presentación literaria. “El desorden sólo es sin razón para quien se niega a pensar, a respetar, a acompañar, en cierto modo, el troceamiento del mundo”.  Bien.

En el segundo “iglú” al que entré, -en serio, ¿por qué tan frías?-, mientras un guardia corrigió mi caminar hacia donde empezaba el recorrido de la exposición, me llamó la atención una vitrina con cámaras fotográficas de distintas épocas, que posaban junto a una serie de objetos comunes. “Héctor García. Visualidades Inesperadas”, decía en grande.

Tan preciso el título como lo que encontré en esa sala -que ya no estaba tan fría, no sé por qué-.

Yo no conocía a Héctor García y ahí me lo encontré. Y vi a México. Vi historia, rostros, animales, objetos, tristeza, miedo, felicidad, miradas, gente, masas, arte, pasión, perfección, improvisación, amor. A través de 90 fotografías, la exhibición me transportó hacia el trabajo de García, quien hizo periodismo con simples rollos fotográficos. Sin letras y sólo con figuras rescatadas en menos de un segundo, imágenes que hacen pensar si existe algo más certero que una fotografía.

Observé una serie de retratos fotografiados por García de personas y lugares. Rostros desconocidos que reflejan una porción de una cultura. Me sorprendí de su capacidad de lograr que una cara conocida se rindiera ante su lente y dejara ver la naturalidad de una persona común y corriente.  Frida, sí, Frida Kahlo abrazando a su perro con los ojos cerrados, o con la cabeza hacia a un lado como si el cuadro posara con ella, pero mirando de reojo.  O esa foto de David Alfaro Siqueiros, tras las rejas, mostrando una mano enojada diciendo que no. Y ese retrato de una mujer en una azotea con la ciudad de México de fondo, que pareciera ser una mujer gigante acostada y sonriendo sobre los edificios y las calles.

Recordé un documental chileno llamado La Ciudad de los Fotógrafos en cuanto vi la foto donde unos estudiantes marchaban por la calle para exigir sus derechos. El documental mostraba a un grupo de fotógrafos que iban en busca de imágenes -realidades- en las movilizaciones sociales durante la dictadura de Augusto Pinochet. Nada pudo demostrar tanto como esas fotos. Nadie pudo conocer la verdad de lo que pasaba en la calle sin observar ese microsegundo fotográfico que en realidad eran años.

“Exposición sobre marchas y movimiento estudiantil. Lo que se ha visto, lo que se ha dicho, una versión del movimiento estudiantil”, título de un foto reportaje de Héctor García en 1968. Una versión, qué humildad. Creo haber percibido lo que esos estudiantes querían decir en sus fotografías y haber conocido una parte fundamental de la historia de México.

Así me pasó con cada retrato de la realidad que estaba colgada en las blancas paredes del MAM. Y después de sacarle una foto a un Luis Buñuel rodeado de tapas de lata, salí con mi cámara fotográfica análoga en la mano, sintiéndome menos ridícula y preguntándome por qué a los periodistas nos enseñan sólo a llevar un lápiz en el bolsillo.


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