febrero 22, 2013

“Mi adorada Carola:” Cartas de Gustavo A. Madero

Escrito por Kathya Millares

Conocemos las cartas que Gustavo A. Madero envió a su esposa Carolina Villarreal, durante más de diez años, gracias a que su nieta, Petra Garza Madero de Romo, las compiló en un libro publicado en 1991 (Gustavo A. Madero. Epistolario).

En ese archivo es posible leer la crónica de los últimos quince días de vida de Gustavo Madero. La componen tres cartas y siete telegramas, enviados a su “adorada Carola”. El intercambio de novedades incluye planes postergados, temores personales, preocupaciones domésticas, incertidumbre política y promesas imposibles.

El 3 de febrero de 1913, Gustavo A. Madero estaba en la ciudad de México pensando en dos cosas: la ausencia de su esposa y los preparativos para viajar a Japón. La señora Villarreal de Madero había regresado a Monterrey apenas cuatro días atrás, tenía que asegurarse que sus hijos Carolina y Gustavo estuvieran a gusto en casa de los abuelos maternos y que estaba garantizada la estancia de los niños en un internado. Sobre este último asunto, el hermano menor del presidente Francisco I. Madero escribió: “[…] estando Tavo de interno, no les dará guerra [a los abuelos]. Si Carolina está tan aprovechada con Panchita, que siga con ella y después que vaya al colegio de interna también para que se discipline pues es muy conveniente que se enseñe a obedecer y reglamente su vida”.

Eran días en los que para contar a los enemigos de Gustavo A. Madero no bastaban los dedos de las dos manos. Así que el presidente Francisco I. Madero decidió enfriar los ánimos sacando a su hermano del país; se le ocurrió que podría ir a agradecerle al gobierno japonés su participación en las fiestas del centenario de la Independencia. Por los detalles en su carta, se puede asegurar que Gustavo A. Madero se estaba tomando muy en serio su partida. “Hoy mismo telegrafié a Olliver para que diga por qué vía vienen tus vestidos; ya te avisaré lo que contesten y haré las agencias necesarias para recogerlas antes de irnos. […] no tengas cuidado de lo que puedan hacer los enemigos al salir de aquí, pues tomaré todas las precauciones debidas y una escolta competente, además de la gente que me acompaña. Ya tú sabes que no me gusta correr riesgos inútiles”.

Al siguiente día, las noticias por escrito se concentraban en el “espléndido” banquete que le ofrecieron Rafael Hernández y Ernesto Madero la noche anterior, y en los posibles acompañantes a Japón. El banquete halagó al homenajeado, pero pocos tuvieron oportunidad conocer las penurias por las que pasó para preparar su discurso. “A mí no me satisfizo por completo, y si hubiera tenido tiempo lo habría pulido algo más, pero como no presumo de orador, me contento con no decir disparates. Para formarme juicio cabal de mi discurso, necesito oír opiniones de personas desapasionadas”.

Por fortuna, en las notas finales del libro que compila la correspondencia de Gustavo A. Madero se incluye el discurso citado. En uno de los párrafos se lee: “Las manifestaciones de simpatía que mis amigos me han dado con motivo de este viaje [al Imperio del Sol Naciente], son pruebas suficientes para mí de que mi labor política no ha sido estéril a pesar de las calumnias sin fin que mis enemigos han propalado. Sí, señores, por mi parte me siento tranquilo y puedo levantar muy alta la frente para decir que creo haber cumplido con mi deber como buen ciudadano […] primero para el triunfo de la revolución de 1910 […] y después en la consolidación de este gobierno en el modesto lugar que los acontecimientos me han colocado”.

En la misma carta describe las circunstancias a las que se enfrentó a partir del  anuncio de su partida a Japón: “La gente sigue con el tesón de que no me vaya, y ahora que han visto que no consiguen nada me están picando el amor propio diciendo que es miedo. Yo no les hago caso y sigo mi camino. El compromiso que tengo es formal y es imposible que deje de cumplir. Además, si me quedara, lo que no puede suceder, dirán que yo era un pretencioso que me creía indispensable”.

Para esa fecha ya había tachado un pendiente en su lista de cosas por hacer: “Ya arreglé a Tito [su hermano menor Evaristo, que los iba a acompañar a Japón] su pasaje. Papá quería que yo pagara, pero me resistí, pues no es justo. Dicen que lo lleve de secretario en lugar de Luis [Aguirre Benavides], pero yo les contesté que apenas para ‘dama de compañía’ me gustaba”.

Una tercera carta fue enviada a “Mi adorada hijita”, como también llamaba a su esposa Carolina, el 7 de febrero de 1913. El viaje seguía siendo una prioridad, a pesar de que la situación política parecía someter al gobierno a constantes sacudidas. “Al irnos no pasaremos por San Antonio, sino por Spoford Junction. La ruta es: de Monterrey  Eagle Pass, de allí a Spoford donde nos tomará el tren que va para El Paso”. “Por fin me resolví a llevar una petaca como la tuya y no la del Palacio de Hierro que voy a devolver”.

Gustavo A. Madero no podía hacer a un lado su vena política, así que también dio parte de este tema: “Parece que la situación política sigue empeorando. Los complots se suceden los unos a los otros y el gobierno es impotente para detenerlos”.

El registro de los días siguientes se vació en siete telegramas, tres de ellos enviados desde Palacio Nacional y el resto sin fecha.

El del 15 de febrero, entre otras cosas, dice: “Hasta hoy después de muchas zozobras te telegrafío, porque me habían dicho que el telégrafo estaba interrumpido. Te envío a ti y a mis hijitos mil recuerdos cariñosos. No tengas cuidado que ya el peligro pasó”.

Al siguiente día, ocho líneas dedicadas a los enfrentamientos y al lejano viaje a Japón: “Estamos muy animados, pues tenemos datos para creer que los de la Ciudadela están muy desmoralizados. El triunfo de nuestras fuerzas es casi seguro”. “El viaje a Japón lo he diferido un mes más, pues no pude salir ayer como era mi intención. Procuraré irme a tu lado lo más pronto posible, pues yo también estoy ansioso por verte a ti y a mis hijos”.

Es probable que ese mismo 16 de febrero, el remitente haya tenido tiempo de enriquecer su relato de los hechos: “No se crean de rumores alarmantes y cuando quieras hablar conmigo ven al telégrafo que para mí será un placer hablar contigo aunque sea por telégrafo. Ya sabrás que la casa de papá fue incendiada pero ni con eso ha decaído el ánimo de papá ni de las muchachas”.

Con escalofríos puede leerse el telegrama enviado el 17 de febrero, Gustavo A. Madero estaba a algunas horas de ser asesinado en la Ciudadela: “Estuve esperándote que me llamaras. Ayer se rompió por los felicistas la tregua que había convenido y a las 2 p.m. se rompieron por parte de ellos las hostilidades que han continuado hasta estos momentos con gran éxito las tropas del gobierno, pues lo han estrechado al grado que mañana o pasado se acabará esta enojosa situación. Cariñosos recuerdos para todos de parte de tu esposo que ansía por verte”.

Y aquí queda, para el recuerdo, un extracto de las palabras que la querida Carola envió a su esposo: “[…] Deseo te vengas cuanto antes a mi lado. Nada puedes hacer ahí y sin correr muchos peligros. Ya sé que de nadie se puede fiar, déjenlos que se gobiernen y se saquen los ojos si quieren y nosotros a nuestra antigua vida. Nada más te puedo decir que estoy que me ahogo de dolor […] Se quiso hacer el bien y no lo quisieron, tal vez tarde lo comprendan”.


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43 comentarios a ““Mi adorada Carola:” Cartas de Gustavo A. Madero”


  1. Anlula

    Los Madero, pecaron siempre de bondad e ingenuidad…….y en política se castiga. El Madero actual……tiene colmillo para rato!!!