febrero 15, 2013

Los romances de Ronald Dworkin

Escrito por Mario Arriagada Cuadriello

Interpretar la ley es una actividad destinada a la polémica. ¿Cómo interpretar mandatos similares en casos distintos o viceversa? Sin embargo, interpretar es el mandato de una antigua tradición de humanismo legal que pone el peso en la persona del legislador pero, sobre todo, del juez. Ronald Dworkin fue uno de esos humanistas, además de un hombre atípico y un filósofo poco común.

¿Para qué interpretar? ¿Por qué no pensar en el juez como un mero técnico y en la ley como su manual de operación? Para Ronald Dworkin, el juez ideal no es un positivista, también es un filósofo que interpreta la ley con un método: la integridad moral. Por eso Dworkin advertía contra Dios y contra la Ciencia como fuente de derecho y de justicia, por su rigidez a ser interpretados.  La tarea del juez es hercúlea, decía Dworkin, no sólo se trata de ejecutar sino también de mirar el mundo, el corpus legal y reconciliar los casos complejos con una “teoría comprensiva” de la moralidad política (pública) subyacente a las leyes y generalizable más allá de los casos. Esto no sólo facilita la aplicación de las leyes en casos complicados, sino que respeta ese valor: la integridad. Y Dworkin pensaba que era útil honrar este valor, explica Mark D. Walters, porque “extiende para todos los derechos extendidos para algunos con el fin de que la igualdad de preocupación y respeto sea asegurado para todos”.

Las sospechas de Dworkin por la ley escrita en piedra, sumada a su compromiso con la interpretación moral de las leyes, podría llevarnos a pensar que era, en el fondo, un relativista. Pero esta presuposición no podría estar más equivocada. También creyó que hay interpretaciones correctas e incorrectas. Las interpretaciones de los jueces no son -no pueden ser- sólo opiniones. “Si los juicios morales no pueden  ser verdaderos, ¿para qué los necesitamos?”, pregunta.  Tras la publicación del libro Justicia para los Erizos, Stuart Jeffries platicó con Dworkin en su gran residencia londinense del barrio de Belgravia. A partir de la conversación, Jeffries escribió un gran ensayo que combina la conversación filosófica con las anécdotas personales y la vida romántica entre Dworkin y una pareja de amigos suyos: el músico Alfred Brandel y su esposa Irene. Jeffries escribe:

Ronald Dworkin se maravilla viendo tocar el piano a su amigo Alfred Brendel. Y se pregunta: “¿Por qué toca como toca? Cuando toca una gran sonata, por ejemplo, debe de pensar que su interpretación es mejor que otras interpretaciones; si no, no tocaría como toca, ¿no es cierto?” [...]

¿Por qué habla Dworkin de Brendel? Después de todo, un artículo que leí mientras preparaba esta entrevista hablaba sobre Dworkin y Brendel. “Estas inteligencias gigantes están entreveradas en un cuarteto apasionante y enternecedor. Irene, la esposa de Brendel de 31 años, sale con el Profesor Dworkin. Para no ser menos, Moravian, Brendel de nacimiento, encontró con 75 años holgura y solaz en una mujer italiana de unos cuarenta y tantos llamada María. ¿Un titular para el Daily Mail?: “Extraño cuarteto para Brendel”. Dejemos de lado la moralina del Daily Mail: si Dworkin continúa siendo amigo de Brendel mientras confiesa que Irene es su “vieja e íntima compañera”, entonces bien está, para él y para todos los involucrados.

La dignidad como autoafirmación, no como sacrificio, o del deber de vivir bien.

A diferencia de tantos defensores de la common law, Dworkin no fue un conservador en el sentido social del término. La costumbre es sólo un elemento más de una buena interpretación. Por ejemplo, él creía que un aborto es reprobable cuando es producto del “autodesprecio”, de la falta de dignidad que implican razones frívolas para abortar: como querer evitar las estrías o querer “reprogramar una fiesta”. Sin embargo, lo encuentra muy justificado cuando el embarazo de una mujer ocurre en circunstancias que le trunquen las posibilidades de una vida digna. ¿Pero a qué se refiere con dignidad? Jeffries lo explica muy bien:

Dworkin construye un detallado sistema axiológico –que abarca la democracia, la justicia,  la obligación política, la moralidad, la libertad y la igualdad—,  a partir de sus propios conceptos de dignidad y autorrespeto. Tampoco aquí se muestra Dworkin afín al espíritu de la época. “El grueso de la filosofía actual está sumergida en la autorrenuncia. La mía, en cambio, comienza con la autoafirmación, que fue popular entre los griegos como Aristóteles y Platón, pero no lo es ahora. En nuestros días, la moral se percibe como autosacrificio. Yo trato de mostrar por qué es eso falso.”

¿Por qué importa la autoafirmación? “Tenemos la responsabilidad de vivir bien. Nuestro reto es obrar como si nos respetáramos a nosotros mismos. No basta con disfrutar de nosotros mismos. ” ¿Pero acaso no choca la autoafirmación con nuestros deberes morales para con los demás? “No. Nuestro primer desafío es vivir bien –eso es la ética—, e indagar luego cómo ese desafío se vincula con lo que debemos a otras personas, que eso es la moralidad. La conexión es por partida doble. Por un lado está el respeto por la importancia de la vida de otras personas. Por el otro, la igual preocupación por sus vidas.”

Este filósofo que acaba de morir vivió así, con dignidad autoafirmatoria. Su matrimonio de 42 años con su esposa Betsy Ross, las atípicas relaciones de la pareja con los Brandel, su pasión por las ideas y su compromiso con la interpretación “correcta” como requisito mínimo para convertirla en verdad legal, hicieron de su vida una sonata apasionada. Jeffries recuerda que al final de Justicia para Erizos, escribe Dworkin: “Sin dignidad, nuestras vidas duran a lo sumo lo que un pestañeo. Pero si nos las arreglamos bien en punto a llevar una buena vida, entonces creamos algo más. Escribimos una nota al pie de nuestra mortalidad. Hacemos de nuestras vidas diminutos diamantes obsequiados a las arenas cósmicas.”

Leer completo el artículo de Stuart Jeffries, Justicia para erizos. Una conversación filosófica con Ronald Dworkin.


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45 comentarios a “Los romances de Ronald Dworkin”


  1. María de los Angeles Marín

    muy interesante la información vertida en este espacio, punto de reflexión para muchos.
    gracias estoy al pendiente de sus aportaciones.