febrero 13, 2013

¿Qué sexenio para la cultura?

Escrito por Víctor Manuel Mendiola

Como en un déjà vu, la comunidad intelectual y artística de México recibió la designación, en calidad de Presidente del Conaculta, de Rafael Tovar y de Teresa. Regresaba al cargo la persona que había sabido impulsar de un modo eficaz y duradero uno de los proyectos más significativos de la cultura mexicana oficial de los últimos años del siglo pasado: el apoyo no a la construcción de edificios o a programas millonarios para hacer crecer nada más a la burocracia y a sus beneficiarios, sino el reconocimiento a la invención y conciencia de los artistas e intelectuales mexicanos bajo el auspicio de un Sistema Nacional de Creadores.

La idea, que tenía como antecedente la institucionalización de becas en el INBA de la época de Sergio Galindo y Juan José Bremer, no había sido exclusiva de Tovar y de Teresa ni de sus antecesor, Víctor Flores Olea, sino también era una contribución de Octavio Paz, quien comprendía que México era una cultura de artistas y quien sabía perfectamente bien que nuestro país es reconocido en el mundo por sus pintores, escultores, cineastas, poetas y novelistas más que por las personalidades, muchas veces dudosas, de los políticos o de los empresarios. El Sistema Nacional de Creadores tenía además como punto de referencia los años en que grandes escritores de México, —el mismo Octavio Paz, Juan Rulfo, Juan José Arreola, Tomás Segovia, Carlos Fuentes, entre otros muchos— contaron con el apoyo de El Colegio de México y del Centro Mexicano de Escritores —es una pérdida enorme la desaparición de esta última Sociedad— y, de este modo, produjeron una parte de sus mejores libros y crearon obras fundamentales de la literatura mexicana. Tovar y de Teresa, en su administración, había impulsado, asimismo, una nueva política alrededor del libro y le dio una mayor presencia al INAH. Aunque se le podían hacer objeciones (también construyó elefantes arquitectónicos), el balance era muy positivo y dejó un buen recuerdo.

Su retorno, con las designaciones de María Cristina García Zepeda en la dirección de INBA o de Sergio Raúl Arroyo en el INAH o de Saúl Juárez en la Secretaria Cultural y Artística, anunciaba la organización de un equipo profesional y la capacidad para enfrentar el reto de comprender un entorno con figuras nuevas y procesos diferentes.

Sin embargo, las designaciones subsiguientes han provocado, primero, desconcierto y, después, decepción. ¿Por qué quitaron a Joaquín Díez-Canedo del FCE? Todos esperábamos que esta gran editorial oficial mantendría la normalidad rigurosa en cuanto al carácter representativo de su director y al cumplimiento de los tiempos administrativos. Díez-Canedo satisfacía plenamente estas condiciones. Pensábamos que de alguna forma se impondría la tradición de los conductores del Fondo ligados directamente con la actividad editorial: de Daniel Cosío Villegas a Jaime García Terrés, pasando por Arnaldo Orfila y José Luis Martínez. La comunidad consideraba a Díez-Canedo un legítimo representante de la industria del libro y daba por un hecho que éste tenía dos o tres años por delante para completar el período administrativo que le correspondía. Ya que él estaba retomando algunas de las mejores líneas de la tradición editorial de esa institución, se veía con buenos ojos su continuidad en un segundo período de gestión. ¿En su lugar quién llegó? Un hombre del mundo periodístico y político, José Carreño Carlón; alguien que sabe quién es quién en el difícil arte de impactar o modificar la opinión pública, pero que no es parte del ambiente editorial. ¿Es la persona idónea para dirigir el FCE en estos momentos en que barrunta una nueva literatura? ¿Por qué una figura de los medios de comunicación es llevada al Fondo? ¿Por qué una institución que requiere del conocimiento profundo de nuestra ambiente editorial, por un lado, y de las áreas fundamentales del pensamiento y de la literatura contemporánea de México y del mundo, por el otro, tiene como cabeza a un actor de la actualidad política?

Nuestra incertidumbre crece cuando advertimos que en otras plazas de la cultura nacional también han sido designados especialistas en comunicación. En el Canal 22, Raúl Cremoux y, en el Canal 11, Enriqueta Cabrera. Como en el primer caso, ellos han sido y son hacedores de la opinión pública, pero —también otra vez— ¿son las personas indicadas para abordar la compleja y emergente cultura de este todavía principio de siglo? ¿Pueden comprender todo lo que representa de inédito la abolición de las fronteras artísticas, sexuales e ideológicas? ¿Pueden integrar los lenguajes violentos y desconcertantes de la novela y la poesía contemporáneas? ¿Conocen las tensiones existentes entre el arte conceptual y una pintura que está volviendo a las fuentes de la composición? ¿Entienden una sociedad joven e inconforme que “vive” en la red electrónica y crea obras sociales? ¿Saben de la proliferación constante de nuevos editores en toda clase de formatos? ¿Vislumbran, sin muros mentales, la transformación de las drogas en formas de esparcimiento y recreo en las sociedades desarrolladas? Tal vez no. Tal vez sí. Sin embargo, vistos en perspectiva los tres nombramientos, uno no puede dejar de pensar que las designaciones tuvieron como enfoque una mirada de la cultura como propaganda o como “difusión de ideas”. Si es así, el observador, puede entender las razones, pero no estar de acuerdo.

Una buena parte de los miembros de la comunidad artística e intelectual de México esperamos que el nuevo Conaculta consolide las instituciones de cultura y, al mismo tiempo, reimpulse el florecimiento artístico, con el apoyo a la creación de espacios críticos, con la publicación de obras que representen el rigor y la independencia de pensamiento, con la protección del patrimonio arquitectónico, con el desarrollo del programa de deducción de impuestos para el arte y la vida intelectual y con una estrategia de respaldo y estímulos a los nuevos y verdaderos editores mexicanos.

Muchos vimos en el nombramiento de Tovar y de Teresa una designación acertada porque él puede darle a la vida cultural el papel central que ésta debe tener en la transformación profunda de nuestro país. Pero esto sólo ocurrirá si Tovar y de Teresa cuenta con las condiciones para actuar libre y, al mismo tiempo, orgánicamente.

 


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138 comentarios a “¿Qué sexenio para la cultura?”


  1. LRyiw814

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