febrero 6, 2013

El blues de los corsarios

Escrito por Adrián Acosta Silva

Como parte de una larga gira compartida desde hace más de un año, dos bucaneros de buena reputación, Mark Knopfler y Bob Dylan,  desembarcaron silenciosamente a mediados de octubre del año pasado en el puerto californiano de San Francisco para hacer un par de escalas en el Auditorio Bill Graham, ubicado en el centro cívico de la ciudad. Ahí, justo en el medio de la vieja ciudad de las flores en el pelo, donde Tony Bennett confesó haber dejado su corazón hace unas décadas, y donde el multiculturalismo es, más que un problema, un dato duro, dos de las voces más emblemáticas de ese género polimórfico que es el rock ofrecieron en poco más de tres horas una prueba más de que la virtud y la fortuna  suelen acompañar a los infieles.

El Bill Graham es un  respetable edificio público construido en 1915, envejecido por el tiempo y los miles de conciertos y espectáculos que han desfilado a lo largo de los años. Con una capacidad para siete mil espectadores, acomodados en las graderías o en el piso, el auditorio es un almacén dotado de buena iluminación y acústica, diseñado con una combinación de detalles provenientes del art decó,  la estética de un bodegón industrial, y un clima de cantina de muelle, lo cual lo hace una combinación arquitectónica ecléctica, interesante por impura.  Ahí, en ese sitio, justo a las 7:30 de una noche calurosa de jueves, un “dulce olor a colitas” (The Eagles dixit)  flotaba en el ambiente entre una multitud donde predominaban las cabezas calvas y las melenas grises, para dar la bienvenida a un solitario Mark Knopfler, blandiendo una guitarra eléctrica entre sus brazos.

“¿Qué traes de nuevo Mark? “Le gritó alguien en tono envenenado a Knopfler desde la oscuridad, a lo que el guitarrista le respondió con agilidad inglesa: “No estoy seguro de traer algo nuevo”. Y para reafirmarlo, abrió el concierto con una larga y espléndida versión de “What it is” (de su disco Sailing to Philadelphia, del año 2000), mientras que su banda, compuesta por dos guitarristas,  un violín, una flauta, batería y sintetizador, le acompañaba en los riffs suaves y legendarios del gran guitarrista escocés. El repertorio del exlíder de Dire Straits siguió con otras 10 canciones que fueron del blues químicamente puro  –como Hill Farmers Blues, o Song for Sonny Liston- a un par de canciones de su disco más reciente –Privateering (2012)-, que mostraron que el músculo creativo del gran Knopfler sigue en plena forma, configurando un sonido pausado e inconfundible, gobernado por una de las guitarras más exquisitas del gran vecindario rockero de los últimos treinta años.

A las 9 de la noche, los ecos de Jack London, de Robert Louis Stevenson, de Jack Kerouac o los aullidos de Allen Ginsberg resonaban en el auditorio, mientras Dylan tocaba al piano The Things Must Change, acompañado por la potencia sonora de una banda de 4 guitarristas, un tecladista y un baterista. Alternando la guitarra, la harmónica y el piano, Dylan se paseaba por el escenario con el fantasma de su alter ego “Jack Frost”, a veces sonreía, miraba insistentemente hacia sus instrumentos y hacia sus músicos, cambiaba las letras y ritmos de sus canciones,  mientras sus cómplices, acostumbrados y contentos, se adaptaban rápidamente a las improvisaciones  del patrón. Waiting the River Flow, Tangled in Blue, Chimes of Freedom, Love Sick, desfilaron de entre una lista de 15 canciones, que cerró con ese blues atronador que es Thunder of the Mountain, al que siguió, por supuesto, Like a Rolling Stone.

El espectáculo de los asistentes era la otra parte de la experiencia global. Algunos  bailaban alucinantes danzas hippies, practicaban exorcismos y conjuros, lanzaban besos al auditorio, bendecían a Dylan y a su banda, mientras que otros no paraban de corear las inaudibles frases del músico de Minnesota, pronunciadas con la voz cavernosa y sombría de siempre.  Más arriba y más al fondo, desde la oscuridad de las graderías y los palcos, las postales del concierto se multiplicaban.  Al cierre del espectáculo, mientras las gradas se vaciaban y los asistentes salían, el aire cálido de la bahía recibía a los miles que salían del viejo edificio, entre vasos de cerveza abandonados y el olor vegetal de la mota consumida.

El rock es un género que ha inventado ya sus propias tradiciones y rutinas, sus referentes simbólicos, su parafernalia, sus imágenes y sonidos básicos. Y los conciertos son los rituales paganos donde esas tradiciones reviven, se reinventan en cada nueva canción, en cada nueva interpretación.  Knopfler y Dylan son un par de viejos corsarios que representan la capacidad simbólica de un género plástico, la inspiración y oficio para hacer que cada canción suene como si fuera la primera vez, ante los cientos o miles de fieles que seguimos viendo en el rock una prueba contundente de que dios, efectivamente, existe.

 

216 comentarios a “El blues de los corsarios”


  1. Luis Vega

    Felicidades a quien escribió esta crónica. De verdad me encantó. Que siga la revista publicando estas cosas, muchas más, que nos informen de lo nuevo de lo viejo, y de lo más reciente de lo nuevo, pero siempre cuidando que sea lo mejor. Un saludo.


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