enero 28, 2013

Post Tenebras Lux de Carlos Reygadas. Lecturas de género e individualidad

Escrito por Mario Arriagada Cuadriello

Pospuse injustificadamente una ida al cine que sentí obligada. Luz Silenciosa es un peliculón inolvidable y ahora este director se había llevado la Palma de Oro al mejor director. Sin éxito, traté al menos tres veces de buscar un cómplice que me hiciera segunda. Sospecho que mi fracaso tenía que ver con esa tiesa mayoría de cinéfilos que consideran el cine de Carlos Reygadas como pretencioso y desconsiderado con su público (y lo es, es ambicioso en lo que pretende y es atípico, pero no veo como eso sea suficiente razón para no verlo). Finalmente una amiga experta en temas de género accedió a ir al cine sin mostrar la incomodidad mostrada por otros. Habíamos cinco personas en la sala. Al salir estábamos tan estupefactos que tuvimos que conversar durante horas. La razón de que haya habido tanta tela de donde cortar fue que las alegorías de la película son muy amplias y, a pesar de ello, logran mantener atada una historia sencilla pero poderosa y bien acompañada por las misteriosas situaciones que le rodean. Desmenuzar, racionalizar o poetizar las metáforas rectas y figuradas es buena parte del entretenimiento que acompaña esta película.

El cine alegórico no es de un sólo tipo y se puede calificar de mil maneras. El de Tarkovsky era meditabundo, filosófico y atormentado. El de Fellini era gozoso, carnoso, barroco. El de Post Tenebras Lux es, en cambio, más observacional (¿así se dice?), más sugerente que estructurado y con una vena muy clara de comentario social. En este tipo de cine, casi siempre, lo simbólico suele mezclarse con lo idiosincrático. En este caso los simbolismos, las sugerencias y las metáforas están construidas en el lenguaje cultural del centro de México. Habla el lenguaje de la chilangocracia, de Amatlán, de Tepoztlán, de las diferencias de clase, de raza y de género como se dan -como las construimos- en estas zonas del altiplano. De hecho me cuesta trabajo imaginar cómo fue que los directores y cinéfilos que decidieron premiarlo en Cannes como el mejor director del año pueden ver esta dimensión de su película. Imagino que inevitablemente se perdieron de mucho, pero que con lo que vieron les fue suficiente. Para un mexicano como yo, pocas veces he alcanzado a ver en la pantalla grande a tribus, clanes y tipos tan cercanos a la realidad que me rodea. Esa sola experiencia hace la película una buen experiencia, aunque sea sobrecogedor el retrato en el que uno se mira. Y en eso, supongo que el viejo recurso de seleccionar actores-no actores (por más odioso que sea para muchos que gozan de las elaboradas construcciones del gran Daniel Day-Lewis) potencia el efecto del retrato idiosincrático y de la observación.

La historia comienza con la Pequeña Ruth corriendo en una llano muy verde atrapado entre los molotes arbolados del tepozteco y alrededores. La vida de nuestra especie empieza como un juego de niños alegre e inocente en un ambiente natural sobrecogedor y que nos supera. El día se hace noche y la escena termina como una sinfonía de trinos, mugidos, ladridos, aullidos, rayos y centellas. Los gritos preocupados de Ruth son un sonido más. Es un preámbulo que invita a pensar en que la naturaleza y sus criaturas deambulan en un ambiente natural agreste, idílico pero violento, que se alimenta de vidas, plantas, carne y sangre. Es el mismo escenario con el que termina la historia que cuenta Reygadas. El lugar donde un hombre que ha fallado se auto-decapita de forma surreal y sorprendente, donde llueve sangre que vuelve a alimentar la tierra y las plantas. Los comienzos son estructurados sólo por el entorno, los finales también son violentos y naturales, pero ya están informados por el mundo, nuestras consciencias y hábitos culturales. La escena sugiere que para un hombre mexicano atormentado, macho, violento e incapaz de lidiar con la sociedad de forma menos conflictiva, el final esperado es la decapitación ritual, propia de estos tiempos de violencia descarnada. Todo está en la cabeza, y si alguien no se la quita a uno, entonces uno acaba quitándosela a sí mismo.

De hecho, la lectura de género de la película apareció muy pronto en la conversación. Habrá sido los intereses de la interlocutora, pero las masculinidades en conflicto nos parecieron presentes por todos lados. Y no es precisamente una crítica feminista a las maneras masculinas, son más bien observaciones hechas por un hombre sobre las distintas maneras de ser hombre en clases sociales distantes, pero sobre todo, de las similitudes que comparten. Parece que ahí es donde se cifran las sombras a las que refiere Post Tenebras Lux. Lo cultural se vuelve casi un problema moral. Este título, un antiguo lema calvinista, un motto clásico de la Reforma protestante, es en sí mismo una invitación a pensarlo así. Los vicios, la vergüenza, la violencia y la soledad individualista, la sobrevivencia mediante la dominación no sólo es un problema de El Siete, un ex-criminal y ex-adicto en recuperación de clase baja rural. También es un problema del protagonista, un padre de familia de clase alta que ha decidido mudarse a los alrededores del tepozteco y que probablemente se ve a sí mismo como un ser más “abierto” al mundo que el resto de su familia. [Por cierto la familia ampliada de Reygadas aparece reunida en una fantástica escena navideña de esas que sólo él puede producir: donde la combinación de malos actores con escenas muy dispares terminan siendo sobrecogedoras, bizarras, divertidas y hondos comentarios sociales, todo a la vez].

Hay un par de escenas aparentemente desconectadas en la película y que también le dan una suerte de epílogo. Pero estas inserciones, aunque algo inconexas con la historia, no son gratuitas. Ambas comparten dos cosas: ocurren en el extranjero (en Francia y en Inglaterra) y las dos muestran situaciones sociales tensas y algo agresivas (una orgía en unos baños de vapor y un encuentro de rugby entre adolescentes) donde los participantes muestran dosis sorprendentes de civilidad donde nadie parece querer dominar a nadie, de hecho sobresalen las actitudes maternales en la primera y el compañerismo en la segunda.  Las escenas quedan como un contrapunto al individualismo y el impulso de padroteo de los vástagos del Anahuac. La frase final final la espeta un púber británico quien dice algo como: “they are made of individuals, but we have the team“. Imposible no pensar que esto invita a ese nudo gordiano -ya algo anticuado- que es la “identidad del mexicano”. Como estos, hay muchos otros momentos con lecturas múltiples.

Para aquellas personas que consideren irrespetuoso cuando algo da a entender una cosa expresando otra diferente (al punto de estirar las ligas de significado al límite) es mejor que se ahorren esta película. Pero, volviendo a las idiosincracias del Anahuac, no imagino que sean muchos los que consideren de mal gusto lo que no sea estrictamente cartesiano. Por eso la recomiendo, porque es un película evocadora, muy interesante en sus alegorías, muy rica en sus lecturas y porque la visualidad de sus escenas es inolvidable. Tenemos un director ambicioso y valiente que habla nuestro lenguaje y que nos habla a nosotros. Hay que ver esta película; si no es por gusto, que al menos sea por provocación. Hace un par de semanas un par de sendos productores y hombres de medios me salieron con una diatriba anti-Reygadas muy apasionada. Si así se discute a este director entonces, por pura simetría, yo debo sumarme a la coversación en los mismos términos. Y mi veredicto es: el genio ha vuelto a parir. Vaya a verla.

121 comentarios a “Post Tenebras Lux de Carlos Reygadas. Lecturas de género e individualidad”


  1. Ana Paulina

    Qué bueno toparse con esto así de pronto en la red. Muy bueno! Leí muchas cosas que me gustaron, que no encontré en ese momento en la pantalla ni en la conversación, que fue muy buena también. Lo que todavía no logro descifrar, es el demonio con caja de herramientas! Un abrazo!