noviembre 11, 2012

Los otros poetas

por Nicolás Medina Mora

Muchos la han profetizado. Algunos han incluso llegado a afirmar que ya sucedió. La Muerte de la Poesía se ha convertido en un cliché. Desde Harold Bloom —quien llamó a los populares poetry slams “la muerte del arte”— hasta Ezra Pound —quien famosamente afirmó que “el arte de las letras desaparecerá antes del final del siglo XX: seré recordado como una curiosidad”— parecería que existe una tendencia entre críticos y poetas de asegurar que la poesía está por desaparecer. Por supuesto, uno siente la tentación de desterrar estos decires apocalípticos al reino del sinsentido académico: ¡la Poesía no puede morir, es el lenguaje de nuestras almas! La triste verdad, sin embargo, es que parece haber algo de cierto en este fatalismo.  He aquí la cuestión: el común de los seres humanos no lee poesía ni aunque le paguen.

Seamos honestos. Si bien muchos han escuchado de la existencia de un cierto T.S. Eliot, muy pocos ha leído La Tierra Baldía. Lo mismo va para Rimbaud, Quevedo, Keats, Rilke y una larga lista de poetas. Excluyendo el diminuto número de estudiantes de literatura y académicos que habitan las bibliotecas universitarias del mundo, casi nadie lee el Paraíso Perdido o Una temporada en el infierno. La poesía se ha convertido en una asignatura académica, a ser estudiada y discutida con la más grande seriedad en los salones de Oxbridge y en los pasillos de la Complutense. La poesía se ha convertido en un tema de disertaciones doctorales. Como la física cuántica o la epistemología, el arte del verso se ha transformado en un saber complejo y difícil, sólo accesible a un pequeño grupo de especialistas altamente entrenados.

¡Pero no siempre fue así! Incluso el más común de los ciudadanos de Atenas estaba familiarizado con la obra de Homero. Los trovadores medievales cantaban elaboradas épicas y excelsas canciones de amor para todo aquel que se dignará a escucharlos. Por una módica tarifa, los más pobres de entre los londinenses o los madrileños podían deleitarse con las palabras de Shakespeare o Lope de Vega. Manadas de adolescentes alemanes cometieron suicidio tras leer a Goethe. Lord Byron era una estrella de rock, admirado por multitudes. En general, pareciera que hasta la segunda mitad del siglo XIX la poesía no era un tema académico, si no una hermosa parte de la vida cotidiana.

¿Qué cambió, entonces? Es difícil de decir. Mi teoría personal tiene dos partes. La primera es que la poesía se ha vuelto poco a poco una forma de arte exclusivamente escrito. Mientras que la Iliada, la Odisea, la Chanson de Roland, Macbeth, Hamlet y Fuente Ovejuna eran representadas oralmente, La Tierra Baldía rara vez es leída en voz alta. A pesar de que la mayoría de la población ha dejado de ser analfabeta, la lectura —y en especial la lectura de literatura— ha sido siempre y en toda probabilidad siempre será una actividad de minorías. Esto explica la desaparición de la alta poesía de las vidas de las personas de clase trabajadora. Muy pocos obreros están dispuestos a llegar a casa en la tarde y sentarse, Primero Sueño en mano, a leer cascadas de endecasílabos redactados en un lenguaje arcaico que en nada se parece al suyo. Por otro lado, si el mismo obrero hubiera vivido en España durante el siglo de oro, muy bien pudo haber empleado su tarde en ir al corral de comedias y disfrutado de excelente literatura. Calderón de la Barca escribía de modo que todos comprendieran. Esto era entretenimiento popular:

Con cada vez que te veo

nueva admiración me das,

y cuando te miro más

aun más mirarte deseo;

ojos hidrópicos creo

que mis ojos deben ser;

pues cuando es muerte el beber,

beben más, y desta suerte,

viendo que el ver me da muerte,

estoy muriendo por ver.

Pedro Calderón de la Barca. La vida es sueño.

Hemos establecido por qué el proletariado no lee poesía pero,  ¿qué hay de las clases educadas? La burguesía culta tiene el tiempo y la educación suficiente para comprender  alta poesía escrita. ¿Por qué no la leen, entonces, como antaño hicieron con Byron o con Bécquer? Aquí entra la segunda parte de la teoría: leer textos viejos es difícil. Por ejemplo:

Mio Çid Ruy Diaz — por Burgos entrava,

en su compaña — LX pendones levava.

Exien lo ver — mugieres e varones,

burgeses e burgesas — por las finiestras son,

plorando de los ojos — tanto avien el dolor.

De las sus bocas — todos dizian una razon:

“¡Dios, que buen vassalo ! — ¡Si oviesse buen señor!”

Anónimo. Cantar de Myo Cid.

Esta estrofa fue escrita hace unos ochocientos años. Se trata de los primeros versos del Poema del Mio Cid, la legendaria épica de la reconquista española. Conforme más antiguo el texto, mayor la dificultad para nosotros —pobres lectores modernos— de sacarle sentido. La lengua cambia; no es una entidad estática. No hablamos hoy como hablaba la gente en tiempos de Sor Juana, o incluso en los tiempos de Bécquer. La antiguedad de un texto lo hace difícil; es por esto que Calderón era teatro popular en su época y hoy en día es asunto de estudiosos.

¿Pero qué pasa entonces con la poesía moderna? ¿Por qué tiene también un diminuto cuerpo de lectores? Creo que algo tiene que ver con la naturaleza del modernismo. La modernidad es una constante búsqueda de innovación, y está innovación, en la poesía, suele tener tintes de complicación. La complejidad, evidentemente, trae consigo dificultad y la dificultad resulta en una disminución del número de lectores. De Baudelaire para arriba, pareciera que los poetas han echado carreras, escribiendo “versos innovadores”. Está innovación suele tomar uno de dos caminos: la paradoja del regreso al saber clásico —como en Pound o Eliot— o la construcción de laberintos formales —como en Mallarmé y los poetas concretos. En ambos casos, se hace una importante labor de referencia. Los poetas modernos hacen alarde de su erudición aludiendo a otros poetas o a saberes oscuros. Veamos algunos ejemplos:

El hexámetro. El espejo.

La Torre de Babel y la soberbia.

La luna que miraban los caldeos.

Las arenas innúmeras del Ganges.

Chuang-Tzu y la mariposa que lo sueña.

Las manzanas de oro de las islas.

Los pasos del errante laberinto.

El infinito lienzo de Penélope.

El tiempo circular de los estoicos.

La moneda en la boca del que ha muerto.

El peso de la espada en la balanza.

Cada gota de agua en la clepsidra.

Las águilas, los fastos, las legiones.

César en la mañana de Farsalia.

 

Jorge Luís Borges. Las Causas.

¿De quién se puede esperar que sepa quién demonios es Chuang-Tzu o qué rayos pensaban los estoicos? Si uno no sabe nada de la espera de Penélope, o de las tradiciones funerarias de los griegos, o de las batallas ganadas y perdidas de los emperadores romanos, ¿puede uno captar la totalidad del significado del poema, o al menos una fracción? Por otro lado, cuando la poesía moderna no hace alarde de erudición, se nos presenta a través de caminos formales de difícil acceso:

el comienzo

                                  el cimiento

la simiente

                                  latente

la palabra en la punta de la lengua

inaudita                                           inaudible

                                  impar

grávida                                                          nula

                                  sin edad

la enterrada con los ojos abiertos

inocente                                        promiscua

                                  la palabra

sin nombre                                   sin habla

 

Octavio Paz. Blanco.

Para quien nunca ha oído de Mallarmé, de los libros circulares de los chinos o de la tradición de la poesía concreta, un texto multicolor arreglado en columnas irregulares y con varios direcciones de lectura es un laberinto sin salida. El modernismo ha entronizado a la dificultad, y de este modo alejado de la alta poesía a multitudes. Para empeorar las cosas, nuestra alta cultura ha entronizado al modernismo: todo aquel que se atreva a escribir poesía “sencilla” es un poeta fácil, de segunda, como si la capacidad de llegar a mucha gente fuera un claro indicador de pocas cualidades poéticas y la capacidad de escribir líneas incomprensibles una característica esencial de la genialidad.

Esta entronización de lo dificultoso tiene grandes consecuencias: implica la creación de una enorme brecha entre la “alta cultura” y la “cultura de masas”. Los poetas, al erigirse como miembros de una cofradía secreta y esotérica, se separan irremediablemente del grueso de la población. No es de sorprenderse, entonces, que nuestro entretenimiento vespertino sea un verdadero insulto al entendimiento y carente de todo elemento poético. La brecha que el modernismo abre entre los poetas y el gran publico trabaja para los dos lados; los poetas se alejan del público y el público de los poetas. Basta preguntar a un número de adolescentes sobre la opinión que tienen de la poesía y la mayoría responderá, si son francos, que les da una enorme flojera. De allí que en el Siglo de Oro fuéramos a ver La Vida es Sueño, pero hoy prefiramos las películas de Tom Cruise.

El panorama es todo menos alentador. Parece que el Profesor Bloom tiene razón. La poesía agoniza y está por morir. Es fácil caer en la desesperación. Sin embargo, hay esperanza. ¡La poesía no ha muerto, la poesía nunca morirá! Nuestras vidas están llenas de poesía. Estamos en contacto con ella todos los días, y muchas veces ni siquiera nos damos cuenta. ¿Sorprendido? Basta con encender la radio:

Ojalá se te acabe la mirada constante,

la palabra precisa, la sonrisa perfecta.

Ojalá pase algo que te borre de pronto:

una luz cegadora, un disparo de nieve.

Ojalá por lo menos que me lleve la muerte,

para no verte tanto, para no verte siempre

en todos los segundos, en todas las visiones:

ojalá que no pueda tocarte ni en canciones

Silvio Rodríguez. Ojalá.

Nótese la métrica en arte mayor, el ritmo de seguidilla, las imágenes, la aliteración y la rima. Estos son versos de primera calidad, y sin embargo millones de personas los saben de memoria. Este es el coro de una de las más famosas canciones de Silvio Rodríguez, cantautor y principal exponente de la Nueva Trova Cubana. Me pregunto, ¿no han llegado estas palabras a miles de corazones, como Homero, como Calderón? ¿No dan muestra de un dominio del lenguaje y de un entendimiento de la realidad de la vida admirables? ¿No es esto poesía?   ¿Por qué declaramos, entonces,  la muerte del arte?  La poesía vive fuera de las bibliotecas. Otro ejemplo:

Quizá porque mi niñez

sigue jugando en tu playa,

y escondido tras las cañas

duerme mi primer amor,

llevo tu luz y tu olor

por donde quiera que vaya…


…si un día para mi mal

viene a buscarme la parca,

empujad al mar mi barca

con un levante otoñal

y dejad que el temporal

desguace sus alas blancas.

     Joan Manuel Serrat. Mediterráneo.

Serrat es la prueba viviente de que la poesía puede llegar a las vidas de la gente común, si se presenta de la manera adecuada. Pese a que nadie lee los libros de Machado de donde ha tomado muchas de sus letras, sus discos se venden como pan caliente. La poesía ha vuelto a sus raíces orales. Los poemas con los que convencemos a nuestras novias de enamorarse de nosotros, los que nos consuelan y nos entristecen son canciones. Nuestro obrero imaginario puede muy bien llegar a casa en la tarde, encender el radio y sacudirse con las palabras de José Alfredo Jiménez.

La poesía se ha transformado; ha dejado de ser un tema académico. Es por esto que Bloom declara su muerte. La poesía está viva y coleando, gracias. Lo que ha muerto es la concepción modernista de la poesía.

Que no se me malinterprete. No debemos descuidar el estudio de la “alta” poesía, ni denigrar el valor de Piedra de Sol ni de El Oro de los Tigres. Mi única petición es que revisemos nuestro concepto de poesía para que incluya también a estos otros poetas que cantan en vez de escribir. Aceptemos que los jóvenes que hace doscientos años se sentaban frente a los acantilados de Inglaterra a escribir pentámeros yámbicos mientras escupían sus pulmones tuberculosos hoy empuñan guitarras eléctricas. Tampoco se trata de declarar a Arjona poeta laureado; sólo de reconocer que —como dijera otro de los otros poetas— los tiempos están cambiando. Además, ¿quién sabe? Tal vez  dentro de trescientos años haya poetas eruditos que hagan referencias escondidas a Ojalá.

Nicolás Medina Mora


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88 comentarios a “Los otros poetas”


  1. Leo Cohen

    Olvida mencionar a Jaime Sabines, que es un poeta popular, Octavio Paz, solo lo aprecio como ensayista y pensador, su poesía es aburrida, Borges a pesar de su culteranismo, su poesía es musical, con ritmo para el oido, y excelente prosa.


  2. Rodrigo Arcalaus

    No te confundas: La poesía no son los versitos. Nada sabemos, ni podemos saber, de la recepción poética en épocas remotas. Y en lo que se refiere a hoy, la poesía está de lo más viva. Viva entre la élite en la que siempre ha estado.


  3. Álvaro José Ruiz

    Gracias a Nicolás Medina Mora. La llamada “muerte de la literatura” es una teoría crítica ya por sí sola. Me parecen muy acertados lo que observa. Pero cuidado, no hay que confundir modernidad con modernismo. El modernismo es una corriente o moviemiento que nace a partir de Darío y que tiende a lo preciocista, a la musicalidad y casi al final a lo conversacional. No es lo mismo que la llamada “modernidad” a la que pertenecen Baudelaire, Mallarmé y los que siguen. Borges tampoco es un poeta modernista, sino muy posterior. En cuanto a la relación de la poesía con el mundo obrero y popular, hay que mencionar la ola de la poesía conversacional, es un movimiento latinoamericano muy fuerte a partir de la revolución cubana a la que pertenencen poetas militantes o poetas con conciencia social muy aguda: Ernesto Cardenal, Mario Benedetti, José Emilio Pacheco, Fernández Retamar, Roberto Sosa, entre otros. Su conciencia social busca usar la poesía como arma contra las dictaduras y por la liberación – se llegó a llamar “poesía social” – por lo que la versificación es sencilla, humorística, crítica y muy accesible (lo cual no la rebaja ni le quita valor):
    Los Pobres

    Los pobres son muchos
    y por eso
    es imposible olvidarlos.

    Seguramente
    ven
    en los amaneceres
    múltiples edificios
    donde ellos
    quisieran habitar con sus hijos.

    Pueden
    llevar en hombros
    el féretro de una estrella.
    Pueden
    destruir el aire como aves furiosas,
    nublar el sol.

    Pero desconociendo sus tesoros
    entran y salen por espejos de sangre;
    caminan y mueren despacio.

    Por eso
    es imposible olvidarlos. (Roberto Sosa, Los pobres)

    Es cierto que ya no leemos poesía y que sigue acaparada por las élites culturales. Sin embargo, un poeta todavía puede convocar y levantar un movimiento como lo hizo Javier Sicilia en nuestro país.
    Completamente de acuerdo que la poesía tambien es otra, es música y que hoy probablemente de memoría sabemos más letras de canciones que de poemas. En sus orígenes, la poesía empezó en la música y ahora vuelve a revivir en ella.
    Saludos!