noviembre 1, 2012

Brujas, muertos y calaveritas de azúcar

En El árbol de las brujas, Ray Bradbury envía a una pandilla de ocho niños inquietos, montados en un cometa, a ver con sus propios ojos, durante una noche de viento frío, la manera en que distintas civilizaciones han rendido culto a la muerte. A vuelta de página aparecen dioses, momias, hechiceras, calaveras de azúcar. Presentamos aquí una selección de fragmentos, de este libro en el que, desde la dedicatoria, palpita el recuerdo de los muertos:

Con amor para MADAME MAN’HA GARREAU-DOMBASLE a quien conocí veintisiete años atrás a medianoche en el cementerio de la Isla de Janitzio en el Lago Pátzcuaro, México, y recordada en todos los aniversarios del Día de los Muertos.

 

Árbol de las brujas. Debía haber unas mil calabazas en aquél árbol, colgadas muy arriba y en todas las ramas. Mil sonrisas. Mil muecas. Y dos veces mil miradas torvas y guiños y parpadeos de ojos recién cortados.

Las calabazas del Árbol no eran meras calabazas. Cada una de ellas tenía una cara. Cada cara era diferente. Cada ojo era el más extraño. Cada nariz era la nariz más fantasmagórica. Cada boca sonreía repulsivamente de algún nuevo modo.

 

Calaveritas de azúcar:

 ¿Lo imaginas? Tanta felicidad, tanta alegría

cuando los niños comen oscuridad, devoran noche.

 

¡Qué delicia! ¡Pega un mordisco!

¡Mastica esa bonita cabeza de caramelo!

 

Casa encantada. La casa era muy especial y hermosa y alta y oscura. Había miles de ventanas en los lados, todas centelleando con estrellas frías. Parecía haber sido tallada en mármol negro, y no construida con maderas. ¿Y por dentro? Quién podría adivinar cuántos cuartos, cuántos salones, corredores rumorosos, buhardillas. […] La casa hacía señas con las torres, invitaba con las puertas cerradas a cal y canto.

 

Cementerio de Janitizio. Había centenares de tumbas. Había centenares de mujeres. Había centenares de hijas. Había centenares de hijos. Y centenares y millares de candelas. El cementerio entero era un enjambre de destellos como si todo un pueblo de luciérnagas hubiese oído hablar de una Gran Convocatoria y hubiese volado aquí a quedarse y llamear sobre las lápidas e iluminar los rostros morenos, los ojos oscuros, las negras.

 

Cortejo fúnebre en miniatura. Y cada niño dentro del cementerio, junto a la hermana y la madre, depositaba sobre la tumba la miniatura de cortejo fúnebre. Y todos veían la diminuta criatura de bizcocho en el diminuto ataúd de madera ante un altar diminuto con cirios diminutos. Y alrededor del diminuto ataúd estaban los diminutos monaguillos con cabeza de cacahuate y ojos pintados en las cáscaras. Y frente al altar un cura con una cabeza de grano de maíz, y vientre de nuez. Y sobre el altar una fotografía de la persona del ataúd, antes una persona real; ahora recordada.

 

Día de Muertos. Es alegre y triste al mismo tiempo. Aquí en la plaza todo son petardos y esqueletos de juguete, allá arriba en el cementerio todos los mexicanos muertos reciben las visitas de los parientes, y flores y velas y cantos y dulces. […] Y todos se sientan a comer, pero sólo la mitad puede comer, pero eso no tiene importancia, están allí. Es como tomarse de las manos en una sesión de espiritismo, sólo que algunos de los amigos ya no están.

 

Muerte. Cuando lleguéis a las estrellas, muchacho, […] y viváis para siempre allí, todos los miedos desaparecerán, y la Muerte misma morirá.

 

Taller de escobas para brujas:

Este Taller de Escobas fabrica

la escoba que asoma

en el cielo lóbrego y a la salida de la luna,

el palafrén de brujas que vuela muy alto

sobre cosechas de huracanes de hierbas

y se mueve con gritos y suspiros

en océanos de nubes, a veces ruidosa, a veces callada…

 

Selección: Kathya Millares.


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606 comentarios a “Brujas, muertos y calaveritas de azúcar”


  1. Gustavo Mota

    Muchos mexicanos –y norteamericanos– deberían conocer esta bellísima obra para que vean que las festividades aztecas y celtas no están ni remotamente enemistadas ni contrapuestas. Para Bradbury, la muerte fue una de sus temáticas más obsesivas, así como la manera en que las trata en el libro citado, en El vino del Estío, y en muchos de sus cuentos.
    Cierto que la ignorancia cultural de nuestras sociedades de consumo en nada abonan para equilibrar estas tradiciones, pero una obra como la que usted trae a colación en este blog contribuiría a que muchos detractores del Halloween miraran con más atención lo que hay detrás de las apariencias folclóricas de la muerte mexicana y norteamericana.
    Una lectura muy recomendable. Muchas gracias, Kathya.


  2. Alicia

    Coincido con Kathia. Todas las expresiones tienen un contexto que las explica y, en este caso, las de la muerte no son exclusivas de ninguna cultura. La simbiosis está ahí por más que aspiremos a la pureza, a la inmaculada visión de la fiesta de la muerte mexicana. Bien por esta recopilación.


  3. Rubin

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