octubre 18, 2012

La fractura mexicana de Roger Bartra

 I.

Una tarde me encontré con La fractura Mexicana (Ed. Debate, 2009, México D.F.), de Roger Bartra.  Estaba en el Fondo de Cultura Económica de Miguel Ángel de Quevedo, tomé el libro de un estante y lo empecé a hojear.  Con Bartra siempre dejo que me guíe la intuición.  Los dedos se detienen donde se encuentran las ideas que me interesan, es azaroso.  Empecé por el último capítulo: “memorias de la contracultura”.  Se trata de un delicioso relato que cuenta que el autor estaba en la biblioteca de la Universidad de California en Berkeley y “cayó en sus manos” el libro de Bonnie Bremser.  En el texto, la autora retrata parte de su pasaje –tan extremo como intenso- por México a inicios de los sesenta, cuando, además, conoció al propio Bartra a quien menciona en su narración.

Siguiendo la lectura, Roger entrecruza los recuerdos de quien lee con los suyos, y cuenta las intensidades y búsquedas de esa generación que, entre libros, drogas y experiencias fuertes, se abría un lugar en la historia.  Y en ese juego de las memorias, no PUEDO sino pensar en mis propios años de estudiante tres décadas más tarde en la Ciudad de México, cuando por mi departamento en Av. Universidad 1900, también pasaban extravagancias y extremos, todo impregnado por un ambiente progresista que anunciaba el zapatismo de los noventa.  Llego a un párrafo que me lo guardo:

“Al leer esto recordé cómo las lejanas y largas bocanadas de humo me habían conectado para siempre con un mundo alternativo fascinante.  Lo más curioso es que en aquellas reuniones de 1961 yo creía firme e ingenuamente que me estaba montano en las nuevas olas del siglo, que me estaba elevando a una historia que algún día abriría un camino más fértil.  Pero ocurrió otra cosa: el oleaje de ese océano contracultural se instaló en mi memoria y desde entonces, desde algún rincón oscuro de mi conciencia, sigue meciéndome” (p. 145)

Y mientras voy paseando por la memoria de Bartra que lee el recuerdo de Bonnie y que alborota mi propio pasado, irrumpe mi hija que me devuelve a la realidad: estamos en el 2012, en la librería, se acabó el taller de niños, es hora de comprar pan y volver a casa.

II.

En varias de mis visitas posteriores a la librería del Fondo busqué el libro, no tenía en mente el título, ni siquiera la portada, sólo la historia y la cadena de los recuerdos.  Por supuesto que estaba escondido –diría protegido- en algún estante, hasta que hace unas semanas volví a dar con él.  Empecé a releer el último capítulo rápidamente antes de que mi hija tome mi mano recordándome que hay que partir.  Pero esta vez antes de irme compré el texto y para revisarlo con más cuidado.

No me quedo en los pasajes políticos que son en los que menos me encuentro, sino en aquellos delicados y elegantes apuntes de la vida cotidiana.  Me detengo en el paseo por la calle al que Bartra nos invita: “la observación cuidadosa de la vida en la calle -nos dice el autor- puede revelar aspectos y dimensiones de la vida social que se ocultan a la mirada no atenta.  Las calles son como una especie de teatro donde se enfrentan de manera peculiar las fuerzas del orden y las del caos” (p. 104).

Y recuerdo mi obstinada insistencia por caminar horas por cuanta calle podía, siempre con la grata compañía de una cámara fotográfica que me permitía registrar lo visto.  Esa vieja práctica me llevó a fijar la mirada y la atención en lo que para otros pasaba desapercibido.  El tránsito entonces se convierte en un viaje apasionante, donde cada encuentro casual es una potencial reflexión sociológica.  Vuelvo a Bartra: “los equilibrios resultantes de este permanente enfrentamiento entre el orden social y el dinamismo caótico se reflejan en la vida cotidiana de la calle (…). En los pliegues marcados por los flujos de la monotonía cotidiana se esconden lo insólito, lo extraño y lo aventurado” (p. 105-106).

Sin saberlo, hace tiempo que he coincidido con él, que había aceptado su “invitación a observar con atención la vida en la calle, y a fijar la atención en las contradicciones entre orden y flujo, entre estabilidad y cambio” (p. 109); hace tiempo que comprendí que “la calle es el espejo de la condición actual” de la sociedad (p. 106). Por eso, este grato encuentro me invita a continuar afinando la observación, dejándome sorprender por la vida cotidiana, construyendo este “ojo sociológico” que permite mirar lo mismo de otra manera –como sugería Berger-.  Por supuesto que esta lectura me alimenta a continuar con el camino emprendido, la militancia por una sociología vagabunda.

 

Hugo José Suárez

IIS-UNAM

 

 


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44 comentarios a “La fractura mexicana de Roger Bartra”


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