septiembre 24, 2012

El metro de las ocho. Primer lunes de la línea dorada

A las ocho cinco de la mañana, en la estación Nopalera de la Línea 12 Bicentenario, en el andén dirección Mixcoac, estaban más de cincuenta personas esperando el Metro. Había oficinistas, estudiantes, enfermeras, amas de casa y niños acompañados de sus padres. Era el primer viaje que se hacía en lunes.

De extremo a extremo se percibía la expectación. Pasaron cinco minutos y el andén estaba más poblado. Los que llegaron primero, comenzaron a impacientarse. Cabezas asomadas hacia la dirección en la que aparecerían los vagones y pies pisando la línea amarilla. Nada. Lo que sí apareció fue un tren semivacío que estaba a punto de llegar al paradero de Tláhuac. Más tiempo de espera. En las ventanas un paisaje de azoteas, pilas naranjas de unidades habitacionales y las montañas conocidas, pero nunca antes vistas desde esta altura.

Por fin, el serpenteante vehículo llegó a las 8:19 a.m. Abordaje apresurado, pero sin contratiempos: nadie tratando de subir de último momento, ni la voz del operador suplicando que se permita el “libre cierre de puertas”. Los vagones dedicados a las mujeres y niños tenían más lugares vacíos que el resto. La novedad aquí son las pequeñas televisiones y la música programada. En la pantalla aparecían el reloj y un videoclip con imágenes tomadas durante las obras de construcción. Ahí se informa que la Línea Dorada tiene un avance de 95%. A través de las bocinas se produce una pequeña coincidencia, justo en la estación que tiene como símbolo un nopal, Jorge Negrete canta: “Me he de comer esa tuna”.

Después de ese primer reconocimiento, en algunos rostros se veía la desconfianza de haberse aventurado a llegar a su trabajo por esta ruta, sus ojos buscaban constantemente el reloj. Hubo quienes tuvieron el reflejo de acercarse a los mapas de la ruta para contabilizar estaciones, hacer cálculos o consultar con el acompañante en qué estación bajar o transbordar hacia territorio conocido (líneas 8, 2, 3), por si el viaje era lento.

Los primerizos, aquellos que no habían hecho un “recorrido de familiarización” en domingo,  no tenían manera de hacer un cálculo aproximado de cuánto tiempo les llevaría tocar base en Mixcoac. De Nopalera a Olivos, tardó más de tres minutos en llegar. De ahí a Tezonco, un minuto y medio. En Periférico Oriente apareció a las 8:27 a.m. Tiempo récord, sin duda, para los que están acostumbrados a tardar más de media hora en recorrer ese mismo trayecto en microbús.

En este viaje inaugural aún no se sentía el ambiente festivo, a pesar de que la música invitaba a sentirse como en tarde de viernes de cantina: “Cariñito donde te hallas/ con quién te estarás paseando/ presiento que tú me engañas/ por eso te ando buscando…”. “Negrita de mis pesares/ ojos de papel volando./ A todos diles que sí/ pero no les digas cuando…”.

El camino siguió mitad en línea recta, mitad en curvas: Calle 11, Lomas Estrella, San Andrés Tomatlán. En estos momentos, la tensión disminuyó: “Como es el primer viaje, se viene parando mucho. Pero aun así, vamos a llegar más pronto”.  Algunos pasajeros comenzaron a ver el lado utilitario de la ruta: “Para ir a ver a tu padrino, aquí nos podemos bajar”. “-No, ya estoy cerca. Me vine en el Metro de Tláhuac. Llego como en quince minutos. Ve pidiéndome una torta”, dijo un hombre en una llamada de celular.

Después de haber retacado los ojos con fachadas partidas a la mitad, tinacos, rótulos de compañías y fábricas, ventanas de los últimos pisos de un hospital y franjas de estacionamientos, los pasajeros se despidieron de la calle con la visión del ex convento de Culhuacán. Lo que siguió fue un sombrío túnel.

A las 8:48, en la estación Atlalilco, tres hileras de granaderos inquietaron a los pasajeros. El tren se detuvo y, de pronto, aparecieron camarógrafos y fotógrafos empujándose para poder entrar al vagón. Estaban tratando de captar al jefe de Gobierno, Marcelo Ebrard, en su “visita de familiarización” por la Línea 12 Bicentenario. Hubo furor: “Marcelo, vente pa’ acá. Siéntate aquí”. “Señor, tómese una foto conmigo”. “Gracias, Marcelo. Este Metro va a ser muy útil”.

Foto publicada por @L12Bicentenario

Los usuarios no pudieron escuchar el discurso del jefe de Gobierno. Los guaruras, reporteros, camarógrafos y fotógrafos formaron un cerco que no permitió que nadie se acercara. Aquí si hubo empujones para subir o bajar del vagón. Después vino el “abra paso, aquí viene el señor”, las fotografías tomadas con celulares, los apretones de mano y una petición  al vuelo: “Ahora le falta seguridad en mi colonia”, se escuchó por ahí. El visitante honorario bajó con su cortejo en Ermita. Y las bocinas lo despidieron así: “Ya agarraste por tu cuenta las parrandas, paloma negra…”.

En las estaciones Eje Central, Parque de los Venados y Zapata, los trenes desahogaron sus pasillos y asientos. Al llegar a 20 de noviembre, nadie iba de pie y se podía distinguir qué sucedía a varios metros de distancia. Olor a cemento fresco, escaleras sin funcionar rodeadas de cinta amarilla, personas soldando o martillando. Eso es lo que hubo en las últimas dos paradas.

A las 9:10 a.m. el Metro llegó a la estación Mixcoac. Afuera esperaban andamios, tablas y pisos estriados con cal.

 

Kathya Millares


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797 comentarios a “El metro de las ocho. Primer lunes de la línea dorada”


  1. Alberto M.F.

    Una estupenda crónica, al pasar de los años apenas recordaremos la emoción de la “primera vez en el metro” pero siempre las palabras estarán ahí, para recordarnos algo…