agosto 20, 2012

Tenemos que hablar de James E. Holmes

Escrito por Mario Betteo Barberis

El acto ya pasó, pero  no sus efectos. Lo que deja el acto como  producto, residuo, acción, recuerdo, gracia o desgracia, toma vuelo  a raíz de aquel despegue. ¿O no es así en  la mayoría de los crímenes? Algo se desgarra en el tejido de tal manera que  no hay reparación ni zurcido que vuelva las cosas para atrás. Lo perdido, perdido está aunque  algo  se produce,  nace en ese mismo instante. Todo es dolor. Y a nadie  afectado por esa pérdida le gusta, por lógica extensión, considerar esta faz del las cosas.

Cuando  oí la noticia del asesinato de varias personas en un cine en EEUU por obra de un asesino fuertemente armado y aparentemente disfrazado de  “enemigo” de Batman, héroe de la película, no me extrañó en lo absoluto. Casi diría que lo estaba esperando. Sucede que hacía ya algunas semanas que había concluido de leer  la novela  de Lionel Shriver “Tenemos que hablar de Kevin” y de haber visto la película del mismo nombre (Lynne Ramsay, 2011). Estaba bajo los benéficos efectos “tóxicos” de la lectura acerca de un caso de ficción, el de un joven de 17 años, Kevin, que  mata a 7 de sus  compañeros de clase de una secundaria, a un maestro y a un empleado del colegio, (además de  su padre y  su hermana).   Se había encerrado con los primeros  en un gimnasio y  a la manera de un Cupido moderno, atravesó  sus cuerpos con su diestro arco. Luego del acto,  se había entregado mansamente a la policía.  El relato lo hace  su madre, Eva, la única sobreviviente de esa familia, quien  narra, en una serie de cartas que le escribe a su marido ya muerto, la historia de todos ellos hasta meses después del suceso.

¿Qué decir  acerca de Holmes, cuando uno  está  a una considerable distancia de los hechos? Sin embargo, algo se desprendió  de mis labios y manchó la hoja.  Son solamente algunas consideraciones  intempestivas que  dialogan con otras que se han vertido estos días.   Siguiendo  la vertiente  novelística,  se coló en algún diario que  cuando se localizó a la madre de James,  ella habría dicho:” Es la persona  correcta”. Luego  la familia Holmes aclaró que eso fue un malentendido, que se había referido a sí misma. O sea, que ella, Arlene era la madre de  James. Esa ambigüedad, esa incertidumbre sobre  la identidad acerca de quien se está hablando y quien está respondiendo, es de nuestro mayor interés.  Un cierto ambiente se va  fermentando en una familia, con señales a veces anodinas, mal interpretadas o  con interpretaciones cruzadas entre  padres y madres,  signos,  síntomas que pueden ser invisibles  para los ojos de  los  familiares.  Una  declaración de  ciertos compañeros de Holmes dijeron que él era “tan anónimo como  un vaso de agua”.   Hermosa frase sin duda.  Hoy  a James se lo podría llamar “El caballero anónimo”. ¿Quién es y que es  realmente James E. Holmes?

Retomo algunas preguntas que  poblaron esos días  en los medios. ¿Quién de aquellos que han escrito acerca del asesinato en el cine de Denver  no  puso el acento sobre las características de la sociedad norteamericana?  Muy cierto sin duda. Ese país es donde  se  comercia con las armas de la misma manera que se comercia con cualquier otro producto.  Libre comercio se llama. Protegido por la constitución,  la adquisición de armas es legal y su uso,  dentro o fuera del país,  hasta que no se pruebe lo contrario.  Estados Unidos es un país bélico. Debe permanecer  en estado de guerra permanente si no quiere morir. Y no es un rasgo autóctono sino  que obedece a la creencia generalizada de que el estilo de vida debe de ser  conservado a la fuerza: el capital, la moneda viviente cuida que  se pueda reproducir, y a cualquier costo. De ahí que la tecnología  sea hoy una herramienta de primera generación. Marx lo llamó “alienación”  y  produjo toda una doctrina acerca del capital ligado a la fetichización de la mercancía. Solo un ejemplo y de total actualidad: Donald Trump  realizó hace poco un documental en el cual  hizo un  registro contable de cuanto  valía  EEUU cotizando  todos los objetos,  espacios, incluso cuanto valen los cuerpos de los habitantes. Y el resultado  fue una cifra astronómica de valor de cambio real. El dinero es dueña de la vida.

“Hay crímenes de pasión y crímenes de lógica. La frontera que los separa es incierta. Pero el código penal los distingue, bastante cómodamente, por la premeditación Estamos en la época de la premeditación y del crimen perfecto. Nuestros criminales no son ya esos muchachos desarmados que invocaban la excusa del amor. Por el contrario, son adultos y su coartada es irrefutable: es la filosofía, que puede servir para todo, hasta para convertir a los asesinos en jueces” escribía en 1953 Albert Camus en “El hombre rebelde”.  Este tiempo es la causa  y al mismo tiempo el resultado, entre otras, de la bomba sobre Hiroshima y Nagasaki. Decenas de miles de asesinatos en un segundo, aunque nadie osó juzgar al presidente Truman por semejante decisión. Era un acto en nombre de la libertad.  Que nadie piense que hay Una justicia; hay múltiples. Cuando James E. Holmes sea juzgado, ¿quién podrá  decirnos   en nombre de qué el cometió sus asesinatos?

Que el atentado se produjera en el interior de un cine, es  de alguna manera  una arista difícil de aceptar pero  de una crudeza que  roza la verdad: en nombre de la ficción se  aniquila (realmente) a los sujetos, como si  en la confusión entre  realidad y ficción, se colara lo mortal de la imagen. Claro, dirán algunos,  pero  aquí hubo muertos, vidas segadas. ¿Y no es lo que sucede en todas las guerras, en los  desajustes  sociales, en las persecuciones?  Un joker, un comodín asaltó Denver y realizó el sueño norteamericano, el de  disponer de un enemigo externo-interno para justificar  el dominio, el poder, el control de los cuerpos. Tal como nos lo recordó Atilio Borón recientemente, lo que en 1651 Hobbes planteaba hipotéticamente en su Leviatán,  la cesión de todos los derechos individuales al soberano a cambio de conservar la vida terminó por convertirse en una lamentable realidad en los Estados Unidos de hoy.

Guy Debord, quien fuera un  inquieto   agitador del pensamiento de los 60 escribió  y realizó films acerca de lo que  llamó “la sociedad del espectáculo”. Cito algunos de los principales ejes de su proclama ya que creo que  se anudan a  este  asesinato cometido por el joven Holmes.  No se trata solamente de que sea un producto de la hollywoodización del planeta. La violencia está expuesta  en  el campo de las imágenes compartidas de una manera fastuosa y seductora. Pero eso no puede ser causa de un asesinato.  Debord planteaba que toda la vida de las sociedades donde rigen las formas modernas de producción se manifiesta como una inmensa acumulación de espectáculos. La realidad,  surge en el espectáculo, bajo una relación social  que se da entre personas mediatizada a través de imágenes. El espectáculo es capital, decía Debord,  en un grado tal de acumulación que se transforma en imagen. El espectáculo es el guardián del sueño. Era esa la manera que tenía de referirse a la incipiente globalización (en 1967) aunque hoy  se ha extendido como mancha de aceite por todo este planeta.

¿Un acto perverso, psicótico, psicopático? ha sido también una pregunta que  sobrevoló estos días  los medios de prensa.  Se quiere saber, dar nombre y etiquetar lo impensado ya que  en ese estado, la razón no  puede  articular su sistema. Preguntas imposibles de contestar, del estilo de ¿porqué mató James Holmes? Son  como gritos al cielo,  a un dios  silente que  se sostiene  por ese silencio mismo, que  eclipsa  la dimensión humana  pero la que   puede ponerse  en evidencia si  modificamos levemente esa pregunta y  hacemos entrar el “para qué” en lugar del “porqué”. ¿Para qué mató Holmes? Allí se abre una profunda inquietud. Tal vez, y solo un tímido tal vez,  fue su única manera de salir del closet, no entendido como una declaración sexual (aunque bien puede que esté presente) sino como  una declaración de presencia. ¡Aquí estoy!, existo, tengo un cuerpo, pueden verme, dirigido a sus seres más cercanos. ¡Tengo que  hacer caer el telón de la industria del espectáculo para que  se produzca un escándalo y  una consecuencia! El anónimo vaso de agua  se  había convertido en un veneno para los cuerpos que lo consumieran.  Holmes  además había dejado en su apartamento  un sistema  de “trampa” para que quien la abriera volara en pedazos.  El hogar era una trampa, un lugar de muerte, algo que debía de ser demolido, reventado en pedazos. Por suerte para los vecinos, nadie se animó a entrar.

La muerte  hace hablar. Puede que  en un principio  parezca la gran silenciadora, pero  si dejamos correr  las cosas,  si le damos la palabra, abre un telón en lugar de cerrarlo. García Lorca tenía razón en cuanto al duende. ¡Que difícil que me resulta  dar  verosimilitud a  cualquier sugerencia que  dictamine que este joven estaba   excluido de lo social, sin un discurso que lo atara a lo social! James planeó en silencio el dispositivo de acción.  Necesitó adquirir  un arsenal (con dinero que aún  no se sabe su fuente); no resultó siquiera un acto  reflejo de defensa ni una acción que pudiese ser justificada por  ningún parámetro  psiquiátrico ad hoc como el de emoción violenta. ¿O vamos a seguir diciendo sin prueba alguna, de que alguien, sea quien sea,  está excluido de la realidad? Tampoco se puede aducir a  su  intelecto (“brillante”) ni el caso que fuera todo lo contrario. El crimen nunca es  excusable ni explicable bajo ninguna forma de diagnóstico. Hoy lo hemos visto por televisión con cara  inexpresiva, inquieto, tal vez le esté llegando  las razones de su acto, ya que estas siempre llegan  después del hecho y nunca antes.  De la manera que Schriver  ya lo sabía  cuando en su novela  le hace decir a Kevin en la cárcel, que él  está empezando a dudar acerca de sus razones,  las cuales él nunca había  explicitado. Sigmund Freud en un inicio y luego Jacques Lacan, resaltaron como un hallazgo novedoso para  los tiempos que corrían, que la significación siempre llega  “aprés coup”, es decir, “después del golpe”.

Tendremos que dejar que las cosas  se muevan, que las pasiones se  aquieten, que los  sistemas de recolección de información y de  goces encuentren que ya se agotó el beneficio de la noticia; ningún juicio va a recomponer lo que se ha roto. La cadena de asesinatos múltiples ha encontrado un nuevo eslabón. Muchas familias han sido afectadas, tanto las que  hoy están enterrando a sus muertos como a la de los heridos. Los padres de Holmes les esperan largos años de persecuciones tanto  desde fuera de ellos mismos como desde dentro. James no se ha suicidado. Espera que lo visiten en la prisión. La muerte por parte del Estado puede que le llegue  algún día. Yo no querría que sucediese.  Entiendo que debemos hablar de James E. Holmes y dejar que hable de la manera que  sea.  Incluirlo en los debates públicos y privados, para que  de alguna manera  se decante en el espacio desconocido del futuro, el objeto que  le dio la fuerza a Holmes para apretar  el gatillo y  realizar el sueño americano.

 

Mario Betteo Barberis. Psicoanalista. Autor de los libros: El soportable horror de la música y David Helfgott, discípulo eufórico de Eros Reside en Buenos Aires, Argentina.


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279 comentarios a “Tenemos que hablar de James E. Holmes”


  1. Saúl C L

    sería muy interesante, como usted dice, incluir a las personas que cometen este tipo de acciones tanto en los debates públicos como en las relaciones privadas, con el afán de contribuir a la explicación de los fenómenos sociales hasta hoy incomprendidos, como los asesinatos múltiples. Es claro que no bastan para explicarlos las diferentes posturas en los debates políticos, sociológicos, psicológicos, etcétera. Tampoco bastaría una exposición de los motivos por parte del perpetrador pero, sin duda, ayudaría mucho a construir una explicación colectiva “interdisciplinaria”, o varias de ellas. El castigo y el aislamiento, la muerte, sigue siendo un sistema incompleto. El estudio de las causas desde diferentes perspectivas ayudaría a la comprensión, atención y prevención de estos fenómenos sociales, sin duda causados por el mismo sistema social (el americano en este caso), y qué mejor si en el estudio de las causas se incluye a los protagonistas mismos.


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    Este joven de 24 años, nacido en San Diego, había trazado un preciso plan de ataque. Como un espectador cualquiera, compró su entrada y accedió al cine por la puerta principal. Previamente, había dejado fuera de la sala todo su arsenal de armas y parafernalia de ataque. Salió a la media hora de proyección. Recogió las armas. Y atacó al público con sangre fría. Según los testigos, Holmes no actuó de manera precipitada, ni con un objetivo claro. Sus balas atacaron a personas al azar mientras él se paseaba por el pasillo del cine.