junio 18, 2012

El IFE y la vela perpetua electoral

                                                                                                                                                                                                                                     ¡No tengan miedo a las dudas de la fe, que se hace más fuerte cuanto es más probada! ¡Miren a la Virgen María, la más valiente porque fue la más probada en su fe!…

Catecismo de la Iglesia Católica

                                                                                                                                                                                      En el cruce de las calles de Querétaro y Tonalá, en la colonia Roma, me topé con una escena de culto.  Iba de paso y tenía que pararme en la farmacia de la esquina. “Deme una caja de loratadina para la alergia si me hace el favor,  es que los truenos ya empezaron a echar flor” dije “y oiga cuénteme qué está pasando en la esquina que veo tanto militar”. En el cruce había una tanqueta con ametralladora que desviaba el tráfico;  había soldados encapuchados, armados con rifles de asalto, con el uniforme de camuflaje de rigor, apostados en cada esquina. Todos en posición de alerta, todos formales, nadie se desconcentraba.

La empleada de la farmacia me dijo en voz baja y con tono respetuoso, “pues creo que están aquí por lo del IFE”. En esa esquina hay un sitio de taxis que suele animar la calle con música a todo volúmen. Esta vez la habían apagado y mientras algunos miraban la operación, otros se mantenían agazapados dentro de su base. Los autos no podían pasar, pero los peatones y las bicicletas sí. Crucé despacio frente a los custodios y más adelante vi como unos cargadores desembarcaban las boletas electorales de un camión de mudanzas. Ya estaban por terminar y un funcionario del IFE supervisaba la descarga y el almacenamiento de las boletas que se repartirán en las casillas de la zona durante la elección.

No se levantaba ni una voz. Menos mal que acaban de despenalizar el culto público, dije para mis adentros. Y es que este no es sólo un asunto de seguridad, es que todos sabemos que traen el santísimo a cuestas. Este rito tiene su custodia en el IFE, los sacerdotes en sus funcionarios, su guardia suiza en la fuerzas del órden. Sus fieles son los ciudadanos, sus tablas de la ley están en el cofipe, sus templos son las casillas y las hostias ya consagradas son las boletas: encarnación de la democracia, transubstanciada por obra del folio y los sellos invisibles de seguridad.

Empieza un periodo en que todos entramos en vela. Y es justo en estos momentos, o sea a la media noche, con el santísimo expuesto, cuando la cosa se pone más mocha que nunca. La sociedad de la vela perpetua le demanda a las masas arremolinadas afuera de los templos “¡compañeros, por favor, no me desdoren la custodia, y menos en vísperas del domingo de resurrección!”. Los fieles más suspicaces y desobedientes, preocupados por los antecedentes pederastas del clero, levantan dedos contra la institución, señalan la pérdida de la verdadera fe. La liga de las buenas conciencias, en cambio, preocupados por faltarle al rito y a la institución, redactan cartas abiertas recordándonos, en estos momentos tan cruciales, la importancia civilizatoria de la iglesia.

Crucé el último retén de la calle y seguí pedaleando a la oficina. Los diarios subrayaban con amarillo las faltas de respeto a la investidura. Pensé en los apóstoles de la democracia, los que construyeron la santa institución, benditos sean. Lo dieron todo por los que vinimos después. Pero pronto me acordé que a los fieles de hoy no nos cuesta lo que les costó a ellos, uno y la mitad del otro.  Hoy, a nosotros, la doradura del IFE nos cuesta la luciferina cantidad de 10 mil millones de pesos. Nos han convencido de que eso cuesta el sostenimiento de la fe. A sabiendas de que en esta iglesia la cosa es manoseada, me alivió la idea de que no importa la disonancia de los coros, la cosa va a seguir brillando sin importar qué. Para eso tanto diezmo ¿o qué no? Con esa revelación me quedé más tranquilo. Que cada quien diga su misa que eso es lo que hace la fiesta.

Pero el primer café del día me volvió a poner alerta ¿qué tal si la institución si está pasando por un momento de fragilidad y qué tal si se le desbordan las sectas? Una segunda revelación, que siempre son mejores que las primeras, me hizo ver que no sólo a la institución ya la han arreciado los vientos, sino que poco importan los manoseos en esta tierra si a todos nos espera el juicio final. Y es que en esta iglesia, a diferencia de la que aún no veía las luces de la Reforma, el juicio final ya no es trabajo de Uno. Acá San Pedro asistido por la FEPADE y por el TEPJF sí revisa los expedientes y con su santo cernidor distingue entre pecados y pecadillos, y así medica las penitencias. Todo por la indulgente suma de casi 2 mil 500 millones de pesos.

La liga de la decencia y la civilidad ya no me necesita, pensé con alivio. Con tanta pompa eclesial y tanto blindaje chapado en oro, mejor que sobre y no que falte suspicacia. Es por el bien y la felicidad de los fieles, serán todos gritones y sectarios pero todos llevan en los títulos el nombre de la verdadera fe o, en el peor de los casos, algo entienden de providencialismo electoral:  que lo que hoy te quitan por un lado, mañana te consuelan por el otro y por algo será. Ya cuando llegue el juicio final volvemos a preocuparnos de a quién le tocó presidir y a quién barrer los pasillos de la corte celestial. Si se rebelan los de la escoba por tanto ora et labora, ya veremos como le hacemos para que regresen al santo redil. No me sorprendería en lo más mínimo que, de entre todos, sean justamente ellos los que mejor se han aprendido el catecismo. Pero antes del juicio final, yo ya no me preocupo. Antes de que nos alcance la ley seca, yo le aplaudo a los de la fiesta electoral, a los de a marchar y cantar porque el mundo ya se nos va a acabar.

Mario Arriagada Cuadriello

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