mayo 9, 2012

Reivindicación del “shopping”

 

Aun cuando ha sido denostada ─vituperada, incluso─ , nadie en su sano juicio podrá negar que ir de compras es una de las actividades más terapéuticas para las conciencias posmodernas del adolescente perenne del siglo veintiuno. Trátese de quien se trate. No importa un comino filiación partidista o teológica, rangos de edad -controlados mentalmente-, preferencias sexuales y martirologios. La estatura da igual, por supuesto. Lo mismo resulta terapéutico para un intelectual (lo que esto quiera decir) que para un fashionista, un burócrata de cuello blanco ─y tirantes negros─, un trabajador del hogar, un maníaco-depresivo en etapa temprana, un cinéfilo, un sátiro, un común y corriente free lancer o un marido de profesión (igual para todas estas categorías aplicadas a las mujeres). Nadie se salva. Nadie se abstiene.

En ocasiones me he llegado a preguntar (en aquellas largas horas de ocio que me permito consuetudinariamente) cuándo y dónde surgió la necesidad de ir de compras. No tengo la más remota idea. He especulado mucho, eso sin duda. Por ejemplo, es conocido el episodio en que Jesús -el nacido en Nazareth- estropeó un templo que se había habilitado como centro comercial. Por lo tanto, sin ser historiador ni mucho menos, infiero aristotélicamente que ya existía en ese entonces la práctica del shopping. Incluso, me hace dudar seriamente que los llamados shopping malls hayan surgido en la década de los cincuenta en Estados Unidos de América, la potencia que recién florecía, tal y como sugieren (erróneamente me gusta decir erróneamente) varios estudiosos del tema (Kleinman, 1997; Morgan, 2006; Lagerfeld, 2002; y el clásico Robertson-Fichte, 1978).

Ya entrados en variaciones a modo sobre el mismo tema, me aventuro ─sin recato─ a citar de memoria mis clases de primaria como otro testimonio: el mercado de Tenochtitlán, en el mero centro de un vasto imperio mesoamericano, ahí estaba el epítome de una cultura politeísta y volcada hacia el consumismo. Aquí termino mis abuso de la memoria y de la historia. Efectivamente resultaría muy laborioso, extenso e inútil ensayar una cierta genealogía del shopping, a la manera de Foucault; o una antropología del consumista, a la manera de Levi-Strauss; o, incluso, una arqueología de los shopping malls. Particularmente resultaría irrelevante en este texto, que usted amable lector ha decidido chutarse, porque el autor es un diletante y es alguien a quien le aburre hacer cualquier clase de investigación formal, usar pies de página para citar textos de vacas sagradas. Lo que sí quiero es escribir para describir mi experiencia infantil -hablar de mi mismo pues- en esto del consumismo y de ahí extrapolarlo y convertirlo por decreto en una condición innata de toda la humanidad. Y es que en mi casa, como el tiempo lo demostraría, la austeridad no fue un valor, fue una casualidad contextual. Negar ese hecho, ahora evidente a mis ojos, no fue cosa muy salubre. Y me temo que mi caso no es excepcional.

Entre los cinco y once años pedía insistentemente a mi padre que me comprara una moto (justo igual que le pasaba al personaje de  Xavier Velasco en La edad de la punzada, pero al revés), o un coche de colección de los que vendían en Sanborns, de los a escala, los miniatura. Le pedía también que me llevara (que nos llevara, a mis hermanos y a mí) a Disneylandia o a SeaWorld. En otras ocasiones, le decía que quería cambiar mi raqueta de madera por una de grafito o de aluminio, para jugar mejor al tenis. (Se lo pedía a él directamente porque desde los cinco años no había extraños vestidos de rojo y con obesas figuras entrando a la casa para dejarme regalos a petición expresa mediante cartas enviadas en globos de helio.) A todas estas solicitudes atentas y con carácter de urgente y de vida o muerte, recibía la misma pausada respuesta negativa. El no venía aparentemente cargado de un trasfondo teórico (ideológico, tal vez) y de razonamientos que implicaban una postura ante el mundo  más que una declaración de autoridad. Mi padre no aceptaba ninguna de mis peticiones porque, decía, “somos socialistas”. Así, en la tercera persona del familiar. Para mí esta fue una razón de peso a la que poco podía contra-argumentar. Ya a finales de la primaria, a mis once o doce años rara vez pedía que me compraran algo. Incluso, cuando alguna niña en clase me preguntaba sobre mis señas particulares siempre soltaba con soltura el“soy socialista y librepensador”.

Muy poco tiempo después, cuando empezaba la transición entre la infancia y la adolescencia todo cambió, lo que me hizo elaborar dudas y sospechas, primero, de la calidad de nuestro socialismo familiar y, segundo, de la calidad del socialismo en el mundo. Todo cambió cuando ya no resultaba necesario que mediara petición alguna o cualquier otro trámite engorroso para comprar lo que se me antojara, para ir a donde yo quisiera, para comer lo que me viniera en gana. De la noche a la mañana la familia entera había transitado de un régimen socialista a uno de libre mercado, de una austeridad casi monástica a un consumismo despiadado.

Las dudas y las sospechas fueron tomando cauce con el paso del tiempo. Se fueron aclarando hasta construir una hipótesis plausible: no éramos socialistas, éramos pobres. Esto me llevó a pensar que hombres y mujeres poseemos una condición innata, natural de consumismo, que se ha manifestado en todas las épocas de la humanidad. Si no me creen, pregúntenle a los hippies setenteros en Estados Unidos que abandonaron su política de autogestión cuando tuvieron la necesidad de consumir drogas sintéticas producidas por el gobierno de aquel país justamente para reincorporarlos a todos a la vida productiva formal.

Como mencionaba al principio, nadie se encuentra al margen y por más que se ha querido banalizar la práctica del “consumo”, al final todos estamos en la misma canasta. No existe ninguna diferencia entre, por ejemplo, José Luis Martínez (o Manuel Gómez Morín) y Carrie Bradshaw (o Jackie Onassis). Mientras uno ocupó una parte muy importante de su vida en comprar y adquirir libros para contar con una magnifica biblioteca, la otra ocupó una parte importante de su vida en comprar y adquirir ropa y zapatos para contar con un magnífico guardarropa. Tanto uno como otro van de shopping, son consumistas, sin importar la materia de sus deseos. Y así para quienes son coleccionistas de arte, quienes tienen una fascinación por modelar y remodelar su casa, quienes se drogan, quienes viven para bien comer y bien beber, quienes ─ante todo geeks─ buscan tener el gadget más avanzado y una colección de comics envidiable.  Ad infinitum, incluyendo a los niños que quieren tener todos los juguetes del mundo y los hipsters que quieren ir a todos los conciertos en el DF.

Lamentablemente se ha tendido a desvalorar y menospreciar el shopping, a tal grado que se ha segregado (injustamente) esta actividad a prácticamente sólo un reducidísimo grupo social, con un perfil sociológico muy bien delimitado: mujeres, de clase media y alta, habitantes de zonas urbanas, con peinados de salón y membresías en clubes deportivos. Lamentablemente se nos ha hecho creer que el consumismo está sectorizado y se ha dejado a un lado (o se ha querido dejar a un lado) su naturaleza humana. El shopping lo hacemos todos.

Juan Antonio Cepeda

37 comentarios a “Reivindicación del “shopping””


  1. Jorge

    En tu supuesto entusiasmo has olvidado que el shopping no es para todos es para los que pueden y de los que pueden son solo las señoras despojadas de toda substancia (de las que hablas) son las que lo hacen, francamente esperaba mas de tu triste excusa de apología, me das pena