abril 20, 2012

“Parecen langostas, pinches mosquitos”. El día internacional de la bicicleta

Subimos por crater y cruzamos océano. En la oscuridad de las calles interiores del Pedregal,  el grito de los de adelante corría como un eco que alcanzaba a los de atrás: “Topeee, toopee, tooope. Coladeraaa, coladeeraa, coladeeera”. Era la noche del Día Internacional de la Bicicleta. La cuenta era de 149 personas convocadas por una tienda de bicicletas de la colonia Roma.  Adelante iba un guía que elegía las calles por las que nadie pasa; los giros, los desvíos; el que administraba la dureza de las subidas y la emoción de las bajadas. Ejercía su liderazgo con adustez y en silencio. Otros dos del grupo organizador se mezclaban con todos y se quejaban de la selección de rutas del líder; no les había tocado guiar esta vez. El del megáfono animaba a la banda y cuidaba la retaguardia para que nadie se quedara atrás. Cuatro o cinco voluntarios experimentados se adelantaban a los cruces peligrosos para bloquear las zebras, detener a los automóviles y obligarlos a ceder el paso al serpenteo de sombras ágiles, decoradas con chispazos de luces rojas y blancas, o con los reflejos verdes y platas de los chalecos de seguridad.

Aunque he sido ciclista urbano desde hace muchos años, nunca lo había hecho en grupo. Esta fue mi primera rodada. Tengo amigos que se reconocen como ciclistas militantes y comparten su gusto con otros. Yo no, me cuesta trabajo verle el lado romántico, a mis ojos la ciudad no se ve muy diferente en bicicleta, es igual de dura e inhóspita. Entiendo que sea un apasionante tema de políticas públicas y de urbanismo. Pero ahora me bastó una rodada nocturna para darme cuenta que no sólo es un medio de transporte, de diseño urbano o un pasatiempo saludable. Al menos hoy, en esta ciudad, claramente también es un acto político. Cada rodada es un protesta. Y es que anoche lo político del asunto se me hizo evidente de varias maneras: en el comportamiento de los ciclistas, en las reacciones de los automovilistas y las de la autoridad.

En Avenida Universidad, casi en el cruce con Churubusco, tres amigos encontraron espacio para colocarse uno al lado de otro y platicar:  “Te voy a meter un palo… en los rayos…” le decía uno al otro en tono alegre. La bicicleta, el instrumento, era el pretexto de las conversaciones, el tema socialmente aceptable para acercarse al extraño. Las ideas sobre transporte público, políticas de movilidad urbana, humanización de la ciudad, quizá han tenido tanto éxito movilizando gente porque son ideas que también se pueden asociar fácilmente con la materialidad de la bicicleta, con sus fierros y con todos los problemas físicos de rodar por la ciudad. Por detrás del CCH-Sur hay una bajada pronunciada donde se había anudado el tráfico nocturno- algo tenía que ver con el macro estacionamiento de Perisur. La vuelta de la parvada de dos ruedas estaba detenida por los coches pero debía seguir avanzando. “A cruzar con cuidado” gritó el guía. Suave y ágilmente el grupo invadió carriles, banquetas y entresijos del tráfico. Los coches estaban rodeados y se detuvieron sorprendidos por tantas bicicletas. Una invasión del espacio público.  “Parecen langostas, pinches mosquitos” se oía entre los gritos y los aullidos de emoción de los ciclistas. Era la emoción del triunfo sobre el motor de combustión interna. Y porque en la oscuridad, puro placer estético, nosotros nos veíamos mejor que los armatostes sedientos de Perisur: más ágiles y coordinados, una suerte de danza auto regulada que se asemejaba mucho más al mundo natural, el que se agrupa y si dispersa a una escala más cercana al cuerpo.

Después de haber fortalecido los gluteos y el carácter en las subidas que van desde Copilco hasta el Pedregal, la adrenalina nos despertó en las bajadas de la UNAM. Primero cruzamos por un puente peatonal en fila india y los de las bicicletas de montaña nos dieron un show bajando las escaleras montados en sus cuadros con suspensiones neumáticas. Ya en el circuito Mario de la Cueva, me di cuenta que bajar solo no es lo mismo que bajar acompañado. Es la adrenalina de bajar solo, a toda velocidad, saltando topes y temiendo la caída, pero también es danza, la de rebasar y luego retroceder y ser rebasado, la de frenar y ceder espacio al que viene al lado. Esa adrenalina hizo que ahí mismo, todos deseáramos unas cervezas, pero continuamos.

Desde la salida de la colonia Roma , las patrullas se acercaban con respeto y preocupación preguntando a dónde íbamos y por cuál ruta. “Con cuidado señorita”, le decían a alguna de las mujeres del grupo, “póngase su casco”. Y cuando podían pastoreaban al cardúmen, veían como un deber protegerlo cuando pudieran. No estoy seguro de cúal era su preocupación mayor: si el hecho de que la mayoría eran personas jóvenes y ruidosas en ánimo de fiesta por la ciudad,  o porque nuestros cuerpos iban expuestos a las vicisitudes de la noche. Creo que era lo segundo. Les preocupaban los accidentes potenciales. Creo haber visto en sus ojos una simpatía que venía de pensar que este grupo de gente arriesga el físico por una mejor ciudad.

Los automovilistas, en cambio, reaccionaban con más variedad. Hubo tres reacciones evidentes y repetidas: felicitan, temen o protestan. Los ciclistas hacen suyo todo un carril o  adelantan a los coches en los altos, para ganar visibilidad como dice el Reglamento de tránsito. Algunos conductores bajan las ventanas para felicitar, gritar o pitar de la emoción. Las que sacaron la cabeza por la ventana para mostrar apoyo generalmente fueron mujeres. Incluso, en eje 10 y Revolución, las recepcionistas callejeras de un table dance gritaban y bailaban mientras nos veían pasar. Los hombres fueron más parcos. O bajaban la velocidad y con cuidado nos rebasaban por la izquierda o hacían altos y gestos prudentísimos antes de girar o acelerar. Los demás pitaban con disgusto porque los ciclistas hacían suya su ciudad, invadían carriles, detenían el flujo, ocupaban espacio en su asfalto. Nadie el grupo parecía sorprendido u ofendido (como yo me ofendo) con esas faltas de respeto a los ciclistas. O era de esperarse o ya estaban todos acostumbrados. Casi todos eramos de la delegación Cuauhtémoc y nos aventuramos a una zona donde muy poco está diseñado para bicicletas. Paseamos por avenidas y callejuelas del sur donde el automóvil es rey. En eso me recordó a la marcha de Javier Sicilia al norte del país. Generalmente las marchas vienen al DF a protestar o la gente va a pasear al centro histórico, a pasar un domingo en la alameda, pero ir a  pasear a las calles de los márgenes. Eso no es común. Ir a donde pocos van a divertirse a esas horas de la noche, de una forma en la que muy pocos lo hacen.

De regreso por Gabriel Mancera, ya habían pasado casi tres horas. Las externalidades que alcanzaban a distraernos del pedaleo eran menos que antes. Sin embargo, el olor de una taquería alcanzó a distraernos a todos. Pasada la media noche, ya éramos una jauría de perros hambrientos. Uno de los más experimentados supo cómo no quedarse pasmado con la vista y el aroma del trompo de pastor y notó a la cajera. “Mi amigo acá [señalando a un jóven de pelo castaño y bicicleta elegante], trae unos diablitos, míralos, ya deja esa caja y vente con nosotros a rolar”, toda la taquería soltó la carcajada. “Saluden banda no sean maleducados” dijo.  Todos saludamos y la cajera se ruborizó. La pura civilidad rebelde. Quizá el de los diablitos vaya a cenar ahí el sábado por la noche.

Está probado que la invención de la bicicleta ayudó a que en los pueblos rurales del norte de Europa hubiera más intercambio de material genético del que nunca había habido en esas regiones. La bicicleta, porque llegaba más lejos y porque tenía escala humana, fue alguna vez el azote de la endogamia. Si el chavo de los diablitos regresa con éxito a esa taquería, aunque sea involuntariamente, quizá logre seguir haciendo de ésta una mejor ciudad.

Mario Arriagada Cuadriello


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64 comentarios a ““Parecen langostas, pinches mosquitos”. El día internacional de la bicicleta”


  1. paulo cano

    me gusto mucho tu redaccion, eso de las rodadas urbanas nocturnas es muy chido, ojala cada cd se organizara y seguir concientizando a los automovilistas a unirse, la rodada de leon esta apoyada por transito municipal y van todo tipo de personas, hasta un chavo en silla de ruedas niños y niñas desde 6 años, familias enteras y grupos de amigos incluso los que muchas veces andamos solos, ahi hacemos amistades


  2. Eduardo Frausto P.

    Hola la verdad me gusto mucho tu redaccion yo voy con ese grupo en esta ocacion que fuiste no pude ir.
    yo soy de esas personas que no leen mucho.
    pero lo que me llevo a leer tu escrito fue el titulo de tu redaccion.
    y lo lei completo.
    me quede satisfecho de lo que escribiste.
    por que haci lo vive uno.
    Saludos cordiales.


  3. Antonio De la Fuente

    Yo vivo en Cd Juarez, en Chihuahua, eso que hacen ustedes es genial, yo siempre salgo solo en bicicleta, pero estaria muy bien salir varios en la noche, gracias por la idea y gracias por tu buena redaccion.


  4. Ramiro Maynez

    bicicleto, yo tambien vivo en Juarez, y hacemos un recorrido parecido el ultimo sabado de cada mes, y este 27de Abril a las 5 de la tarde nos reuniremos en POWER SHOT, acompananos!


  5. raquel

    me gustó su artículo .Seríamos mejores si muchos siguieramos su ejemplo


  6. mau

    En Querétaro salimos cada miércoles, hemos llegado a ser más de mil ciclistas y seguimos creciendo, les dejo la página del movimiento http://sacalabici.com/