marzo 20, 2012

La traición: ¿desenlace o tecnologías?

Escrito por Juan Antonio Cepeda

Para Diana

Apoltronado en la butaca diez de la cuarta fila─en el interludio de la segunda y tercera llamadas─ la expectativa siempre resulta ser muy alta, sobre todo cuando se encuentran un par de actores respetadísimos en México (quienes tras bambalinas ejercitan ya vocalizaciones y calistenias), un dramaturgo sosteniendo el Nobel bajo su manga y una fallida ─por deplorable─ experiencia del fin de semana anterior: Nadando con tiburones.

En espera del comienzo de la puesta en escena, con un ojo al gato (el programa) y otro al garabato (mi vecino de al lado) me distraía sin mayor entuerto. Junto a mí, el arquetipo de los que ya conocemos a leguas, flirteando en despoblado con su acompañante, que a cien kilómetros se le veía que era una casi desconocida para nuestro compañero de banca (Hello stranger!). Le presumía con una desfachatez inaudita sus conocimientos culinarios, su paladar gourmet, su mundana vida de restaurantes, siempre enfundado en un aire de intelectual de starbucks. Y no contento con su ominoso despliegue de lugares comunes, repitió dos veces la palabra bistrot (con énfasis en la t final) para mostrarle a su en turno que la comida francesa era lo suyo ─lo suyo─ y tres veces escargot (remarcando de nuevo la t) para mostrarle que comía de todo, hasta caracoles.

Unos minutos más tarde ─justo cuando empezaba a hartarme del cortejo que, para mi asombro, resultó terriblemente exitoso─ la voz en off que solicitaba respetuosamente apagar teléfonos celulares y radiolocalizadores (y yo creyendo que esos aparatos se habían extinguido hace años) prologó el salto a la cancha de Traición, drama en un acto escrito por Harold Pinter (1930-2008).

Muy a grandes rasgos, la obra habla “…de un triángulo amoroso entre dos mejores amigos y la mujer de uno de ellos; una historia de amor y una lista de traiciones sobrepuestas a lo largo de siete años, contada de atrás para adelante” (fragmento extraído del programa de mano que amablemente le entrega a uno la señorita que, con la misma amabilidad, lo conduce a uno a su respectiva localidad).

No pasaron ni dos horas cuando resonaron, desde el graderío-a-reventar, los consabidos aplausos ─unos indulgentes y otros verdaderamente apasionados─ y se apoderó de mí la consabida angustia existencial por recoger el coche antes que todos los ahí presentes. El fracaso fue inminente: el joven-cuello-de-botella del valet parkingtenía en su mano derecha una ristra de boletos, como mil, cuando le entregué el mío. Muchas veces me da la impresión que esta angustia existencial debería conducirme a buscar, siempre, el asiento al lado de la puerta de entrada y no hasta adelante. El gigantesco costo de oportunidad de observar clara y distintamente (Descartes dixit) la mise en scène es el de recibir pronto el coche sin tener que hacer la espera, que en ocasiones dura lo mismo que la obra. (Al parecer la racionalidad no se me da, tant pis). Insisto, el fracaso fue inminente, agravado por la molesta lluvia que no paró en toda la noche.

En este lapso eterno como la muerte y que, sin problemas, se lo desearía al peor de mis enemigos, incluso con mayor fruición que desearle la séptima cornisa del purgatorio (le recuerdo, amable lector, que el purgatorio es un período de espera, aunque, en este caso, del juicio final.Si no me cree, lo conmino a preguntarle a los macabeos, a Dante o, si así lo prefiere por ser de sus mayores confianzas, al mismísimo Milton), en ese lapso eternocompartíufano, con la voz engolada de quien se siente dueño de la verdad absoluta, pletórico de autoridad y empapándome hasta la entraña, mi editorial sobre Traición. Que me había gustado harto. Que Bruno Bichir hacía gala de sus capacidades histriónicas, de su dominio del clown y su control corporal a ultranza. Que Marina de Tavira había comenzado un poco fría y que con el paso de las escenas lograba aclimatarse a los diálogos. Que Juan Manuel Bernal se mostraba como un actor consumado, haciendo gala de una naturalidad y un dominio que ni en Off-Broadway se veía. Que de Harold Pinter no diría más que dos palabras: Premio y Nobel.

Seguía sin llegar el coche y de pronto fui objeto de la más violenta reconvención del auditorio (que en este caso se limitaba a mi acompañante). Como tres cachetadas de improviso, con guante negro (imagino que se infiere como antónimo), recibí tres contraargumentos a mi [abro comillas] crítica [cierro comillas] que me rogaban implícitamente algo de cordura, sensatez y apreciaciones más agudas. Me sentí más o menos como hecho a la ligera, trivial. Al día de hoy me sigue dando pudor el recuerdo de verme ahí, ofreciendo con efusividad mis aplausos al final de la obra. Creo que debieron haber sido menos y con menor condescendencia. Se me solicitó, sin mucha prudencia y menor recato, que reconsiderara aquello que había pensado. (En ese momento evidentemente me ofusqué, sentí ardor en lo más recóndito de mi orgullo y levanté la ceja, como cada vez que algo no me parece.Me dieron ganas de refutar por método todos los argumentos.Pero ya en la templanza que da la distancia comprendíque la mejor estrategia que se puede implementar cuando uno va al teatro, al cine, a una subasta de arte, a un partido de beisbol, a una jornada electoral o a la ópera, es hacerse acompañar de una persona sensible, reflexiva, inteligente y que no tenga miramientos para confesarte que estás muy mal.)

Para empezar, me hicieron ver que la historia se presenta por medio de una estructura temporal que, erróneamente, va contra las manecillas del reloj. Se relata el desenlace de la infidelidad y se van reconstruyendo hacia atrás los hitos de la relación/traición que dura siete años. En su momento, esta disposición resultó protagónica en sí misma, por su novedad y vanguardia. Pinter seguramente le dio juego a la contrariedad del rumbo cotidiano del tiempo como una experimentación que resultó fundamental para romper con la tradición. Hoy en día, esto nos parece tan solo una otra manera de contar historias.

En pleno siglo XXI, la estructura formal de Traición limita sus posibilidades dramáticas, le impide al texto contar con uno, dos o tres plotpoints efectivos que la lleven a grados cada vez mayores de tensión. Al haber decidido iniciar en t=7 y llevarnos a t=0, Harold Pinter nos conduce por los intersticios de una infidelidad que conocimos de inicio, que ya saboreamos su final y que, de alguna manera, se convierte en el aguafiestas de las escenas subsecuentes.

En segundo lugar, las intimidades de la infidelidad como las retrata Pinter resultan un poco caducas, viejas. Varias veces vistas. La obra es perecedera en este sentido y difícilmente nos puede conmover ahora. Por un lado, las relaciones amorosas en la actualidad son muy fácilmente desechables y, por el otro, la publicidad de los territorios de la infidelidad son pan nuestro de cada día, son confesiones de café: el apartamento alterno, las cartas desesperadas (hoy sms, bbm, whatsapps, e-mails), las declaraciones de amor secretas, la tensión sexual frente a un tercero, la pasión seguida del hastío seguido de la ruptura, el descubrimiento de la traición. Nada nuevo bajo el sol.

En defensa de Pinter, podría decir que él tuvo algo que ver con la forma en la que ahora vemos (sufrimos) esta especie de publicidad de las tecnologías de la infidelidad. La virtud de Traición es, al mismo tiempo, su condena. La verdad revelada en aquellos años setenta se nos aparece a nosotros como una verdad totalmente distinta, aburrida.

Y seguramente el mismo Pinter era, desde un principio, consciente del riesgo que estaba tomando. En el statement que envió video-grabado a Estocolmo para recibir el Premio Nobel en 2005, decía que no existe una sola verdad en el arte dramático, sino varias. Y que esta verdad es existencialmente elusiva.

…the real truth is that there never is any such thing as one truth to be found in dramatic art. There are many. These truths challenge each other, recoil from each other, reflect each other, ignore each other, tease each other, are blind to each other. Sometimes you feel you have the truth of a moment in your hand, then it slips through your fingers and is lost.

Este mismo riesgo lo debieron contemplar el director y el productor. Un riesgo que podía dar al traste con la puesta en escena. Dada la estructura temporal de Traición y la caducidad del tema, resultaba crucial que los actores se comportaran a la altura. Los gestos, las miradas, las reacciones, tenían que sustituir a la sorpresa, a los plotpoints, a la expectativa. Sin embargo (y este fue el tercer contraargumento que me receté) Bruno Bichir desentonó.

Aun cuando el hermano del nominado al Óscar por su protagónico en A BetterLife (Chris Weitz, 2011) es sin lugar a dudas un actor de esos de peso pesado, en esta ocasión construye un personaje chocante, que se va por la libre y olvida a sus coprotagonistas. Mientras Juan Manuel Bernal y Marina de Tavira mantienen una complicidad entre ellos, entre ellos y el guión, entre ellos y sus circunstancias, BrunoBichir se pierde por la necesidad de mostrar que es el mejor y que lo puede todo. Exagera, se olvida (a propósito) de la perfecta y audible dicción, se caricaturiza. Ser un maestro no te da la licencia para echar a perder una obra. Su papel era fundamental porque de él dependía que la puesta en escena brillara por la perversidad del engañado, por la traición del traicionado, por el juego de quien aparentemente es con quien están jugando.

Cuando nos entregaron el coche ya habíamos perdido la reservación (y los ánimos) para ir a ese pequeño restaurancito de comida francesa que tanto nos gusta, particularmente los caracolesa la mantequilla y el filete a la pimienta. También el clafoutis de ciruelas pasas.Nos fuimos de regreso a casa, abrimos una botella de vino, escuchamos Pulp (por aquello de calentar motores para su próximo concierto en México) y estuvimos toda la madrugada hablando sobre el holocausto, una traición vigente que se replica a diario sin que nadie pueda hallarle solución.

Juan Antonio Cepeda

 

Traición, de Harold Pinter, se presenta en el Centro Cultural Helénico
Dirección: Enrique Singer
Producción: Daniel Pastor
http://www.helenico.gob.mx/obrah3.html

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