febrero 21, 2012

Raymond Carver y la naturaleza compleja de lo simple

Escrito por Manlio A. Gutiérrez

“Y lean también a Chéjov y a Raymond Carver, uno de los dos
es el mejor cuentista que ha dado este siglo”. Roberto Bolaño.

Un día uno descubre que la literatura está ahí.  Sin darte cuenta comienzas a vivir a través de la vida de otros, personajes que no han existido en este mundo, seres con nombres y apellidos, pero que nunca han bebido de nuestra agua y nunca, en realidad, han sabido lo que es estar en el lugar ese al que uno llega cuando besas por primera vez a la chica que te gusta o han descendido al infierno del desamor o la muerte de un ser querido. Son personajes, sin embargo, que gracias a la genialidad de quien los creo, suelen parecer más reales que nosotros mismos.

Y una vez que uno descubre la literatura no hay vuelta atrás, comienzas a leer, a navegar por autores que te parecen geniales, buenos, mediocres o malos. Te clavas en un lado y luego en otro, hasta que un día, casi sin darte cuenta, aparece en tu vida un escritor con el que, de alguna forma muy extraña, sientes que has llegado por fin a casa.

Eso es justamente lo que me pasó con Raymond Carver. Cuando llegué a él había salido de una etapa de fanatismo casi ciego por Roberto Bolaño y estaba enganchado de la narrativa de Nick Hornby y de su capacidad de hacer buena literatura a partir de situaciones cotidianas: el futbol, la música, las relaciones de pareja en un mundo con televisión por cable. Estaba, también, un tanto desencantado por lo terribles que me parecen sus últimos libros, donde se ha perdido toda la chispa para dar paso a una retahíla de escenas sin mayor gracia e historias irrelevantes. Y entonces Hornby me recomendó a Carver en una entrevista en la que señaló la importancia que tuvo para que él empezara a escribir.

Leer a Carver fue como uno de estos momentos en los que vas caminando, te das la vuelta y te pegas en la cabeza con un poste. Primero es el golpe y una luz súbita en los ojos, la sensación de no saber qué demonios pasó, luego es el dolor de la realidad y al final la necesidad tomar un tiempo para recuperarte y poder seguir caminando sabiendo que algo cambió en ti.

Es difícil decir algo sobre los relatos de Carver que no se haya dicho ya: la simpleza del lenguaje, el uso de frases cortas y contundentes, las descripciones precisas reducidas al mínimo necesario. Quizá lo que más me impresiona es la selección de sus temas y personajes. La literatura de Carver está llena de escenas cotidianas como conducir un coche, preparar la cena, pasar la tarde viendo la televisión o leyendo revistas de chismes. En cada relato nos encontramos frente a la crudeza de la realidad, el aburrimiento cotidiano y personajes que lo combaten como pueden. Y el alcohol como una presencia perene, alcohólicos y ex alcohólicos, como el propio Carver, que lidian con el tedio con litros de whiskey y vodka.

La otra constante en los cuentos de Carver es la soledad. Una soledad extraña que se refleja en la introspección de sus personajes y en los momentos de vacío existencial, una soledad que se convierte en un personaje más,acechando incesante sin ser nunca señalado por su nombre.

De alguna forma, Carver recuerda a esa otro gran icono de la cultura norteamericana que es Edward Hopper.Sus pinturas, como New York Movie,son un claro ejemplo. Mientras los asistentes al teatro disfrutan de la película en la penumbra, una mujer que trabaja en la sala de cine espera parada en el pasillo con una expresión que mezcla la preocupación y el hastío. Carver y Hopper parecen haber puesto los lentes en la misma esencia de la sociedad norteamericana.

Las comparaciones constantes que se hacen también entre Carvery el ruso AntonChéjov no son ociosas. Ambos son, sin duda, gustos adultos. Un poco como señala Richard Ford –quien aunque a veces lo niegue, es uno de los más grandes herederos de la narrativa carveriana—sobre Chéjov, leerlo en la adolescencia solo permite ver la perfección de las narraciones, pero no te deja ver el subtexto que es aún más abrumador. A partir de descripciones de la vida cotidiana y de las pequeñas y aparentemente irrelevantes decisiones que los personajes van tomando, Chéjov y Carver plantean los grandes dilemas de la humanidad y ofrecen respuestas que no nacen de disquisiciones intelectuales, sino de las entrañas de quien está sumergido en la complejísima tarea de vivir. Las palabras de Ford sobre Chéjov son perfectamente aplicables a Carver: “Con su minuciosidad y escrupulosa observación Chéjov demuestra que los sucesos corrientes presentan trascendentes alternativas morales”.

Mucho se ha discutido sobre la relación que Carver mantenía con Gordon Lish, quien fuera su editor, y que tuvo una influencia muy grande en el resultado final de la obras de Carver. Es cierto, mucho del aire lacónico y contundente de Carver viene de las rasuradas y reescrituras que Gordon Lish hizo de las versiones originales. Recientemente, la poetisa Tess Gallagher, última esposa de Carver, culminó una cruzada de denuncia contra Lish con la publicación de una edición de las versiones originales de sus cuentos. Y es cierto que el Carver original escribía con más grasa, le daba más vueltas a las cosas, explicaba más y llegaba a ser, hay que decirlo, hasta cursi. Pero en realidad eso no importa. El productor George Martin es en buena medida corresponsable de los grandes discos de los Beatles que cambiaron la historia de la música, pero de poco habría servido su oído y su capacidad, sin las poderosas canciones escritas por Lennon, McCartney y Harrison (sí, omití a Ringo Starr a propósito).

Las historias, los personajes y el espíritu de los cuentos está ahí, sin importar si son las versiones escuetas y perfectas que pasaron por la pluma de Gordon Lish o las versiones un poco más farragosas de Carver. Y está también en la poesía que escribió de manera profusa, como en este fragmento de su poema DrinkingWhileDriving:

“Nevertheless, I am happy

Riding in a car withmybrother

and drinkingfrom a pint of Old Crow.

We do nothaveany place in mindtogo,

we are justdriving.”

Para mí, el encuentro con Carver significó el final de una búsqueda. La búsqueda de una literatura asentada en la realidad, capaz de encontrar la inquietante poesía que fluye en el motor de un refrigerador funcionando, en una puerta que se cierra a medianoche o el murmullo de un riachuelo en una tarde cualquiera. Leyendo a Carver sé que he llegado a casa y que será un autor que estará presente siempre, en lo que lea, en lo que escriba e incluso en mi forma de ver la vida, extraña y cruda, con toda su felicidad ambigua y la certeza de que nada es tan simple como parece.

 

Manlio A. Gutiérrez


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Un comentario a “Raymond Carver y la naturaleza compleja de lo simple”


  1. patricia

    Piglia dice que el cuento se construye para hacer aparecer artificialmente algo que estaba oculto. Carver lo hace de manera magistral. Ese final de “Diles a las mujeres que nos vamos” te quita el aliento, qué decir de Catedral y muchos otros. No me cansó de Carver. Buen artículo.