febrero 14, 2012

Un respiro en el ITAM: Julián Meza

Escrito por Maira Colín

Siempre he sido una contreras. Por ejemplo: el día que vi entrar a Lujambio por la puerta pensé que era el hombre más guapo y varonil que había visto en mi vida. Sin embargo, al darme cuenta de que el tipo tenía su club de grupies y que era un tanto “ojo alegre”, decidí no acercarme, ni sonreír, seguir con los labios pintados de negro y el pelo verde. Es probable que él, en cualquier caso, no me hubiera hecho el menor de los casos; eso no importa, en mi fuero interno yo quería diferenciarme de todas mis compañeritas porque me parecían seres inferiores, llenos de clichés y de lugares comunes. Ja, justo igual que yo y mi papel de la ruda de la clase o, como bien me bautizaron en el Tec, la Uñas de Satán. Bueno, pues en el tránsito de mis estudios universitarios pasó de todo pero, en honor a la verdad, pocas cosas memorables. Y de esas personas indelebles se encuentra Julián Meza.

Yo supe de la existencia de Julián por su clase de literatura en la que leían Bella del Señor, Madame Bovary y otra novela de la que no recuerdo el título. Aunque siempre me morí de ganas por meter esa materia, no lo hice porque mis amigos “wannabe escritores” se habían inscrito y yo, que siempre he tenido pretenciones de outlayer, no quería ser de las del montón, así que decidí inscribirme en una mamada de clase de la que, gracias a dios, no tengo recuerdos. Entonces Juan y Manlio me contaban sobre la asignatura, sobre las lecturas, sobre los autores pero, sobre todo, de Julián: sobre sus disertaciones, sobre su encabronada pasión por la literatura, sobre su sagacidad, sobre su ácido sentido del humor y sobre su gusto, casi obsceno, por el vino tinto y el whiskey. Así que, en silencio, compré los libros de los que ellos hablaban y los leí a solas, sin comentarlos con nadie, tragando acompasadamente el veneneno y el misterio de Bella del Señor y el absoluto reconocimiento de la energía femenina que destruye todo en Madame Bovary. Me retorcí y lloré sola mientras mis amigos sacaban un jugoso 10 que se reportó en su lista de materias del puño y letra de Julián. Después de ese tiempo, Juan me invitó un par de veces a comer con él y con Julián, los dos habían entablado una amistad entrañable. Fui pocas veces.  Julián me intimidaba: las pláticas abordaban un sinfín de temas y yo no podía más que alcoholizarme y observar de lejos a ese par de seres que se entendían en un plano al que yo era completamente ajena. Después supe que Sandra y Diego también eran cercanos a Julián; más invitaciones a comidas y cenas que nunca acepté pero que presencié en la distancia. Un sentimiento ambiguo que nunca he podido desmenuzar.

En esa presencia etérea fue como llegué a inscribirme con él en una clase terrible sobre historia “moderna” de México: una asignatura obligatoria. Espántosa. Misma que había que compartir, indiscrimidamente, con una serie de personajes deleznables que habitan los pasillos de la ITAM y que, por hoy, no habré de describir. Y yo, en mi papel de mexicana programada neurolingüisticamente por los 60 años de gobierno del PRI, pensé: Perfecto, este es un 10 seguro, Julián me conoce y, además, me sé el material de lectura de otras clases que ya había cursado. Ja. Error: a mi absoluta hueva de un semestre completo recibí uno de los tantos 7 que aparecieron en mi boleta y que fue firmado por el puño y letra de Don Julián. Yo lo odié con ese odio profundo que sólo podemos engendrar los nerds. ¿Quién iba a pensar que años después iba yo a tomar eso como un regalo en el que Julián señaló con esa fuerza que lo caracterizaba que le bajara dos rayitas a mi soberbia y a mi importancia personal? Los años siguieron y un día, sin decírselo a nadie, decidí someter a su ojo y al juicio que tanto temía, mi primera novela.

La leyó completa y, par de meses después, me citó a cenar en un restaurante al sur de la ciudad que era como su segunda casa. Bebimos y hablamos y hablamos y hablamos por horas. Nos cerraron el sitio y, en la necia, estuvimos a punto de ir a beber a quién sabe dónde. Nos vimos varias veces más. Sin compasión arremetió una y otra vez sobre mi texto; lo comentó de pies a cabeza; discutimos las figuras literarias, las referencias, qué hace grande a una novela. Fueron meses de interminables golpes a mi ego que afronté siempre, junto a él, con una buena copa de vino. Después yo me instalé en mi papel de burócrata de altos vuelos y lo vi un par de veces más.

La última vez que hablé por teléfono con él fue el día de su jubilación. No pude ir a su comida pero me dio un gusto inmenso pensar que, al fin, podría dedicarse solo a escribir (como si el ITAM hubiera sido un pesar insoportable). De Julián se pueden decir muchas cosas: su irrefutable sentido crítico, su manera de evaluar la política (el mejor chiste que alguien ha hecho sobre Calderón lo hizo él); las mordidas voraces y sanguinolentas a las instituciones y su manera violenta de alejarse de todo aquello que le parecía reprochable (terminó una amistad con uno de sus alumnos más cercanos porque le pareció que se casó con la mujer más tonta del mundo y porque casarse era ya muestra absoluta de estupidez); su manera de relacionarse con sus pupilos y la huella que dejó en muchos. Esas bestiales ganas de vivir que lo sacaron avante de otras ocasiones en las que estuvo al filo de la muerte. Ese toro que habitaba dentro de él y que no sabía más que de fuerza y coraje; ese mismo que, a unas semanas de morir, sonreía y pedía a sus amigos que llevaran un poco de vino para brindar porque sí, porque estábamos todos vivos. Hace una semana hablé con Sandra, quien me contó sobre el estado de Julián; me preguntó si tenía su teléfono. Lo tengo. Me dijo que quizá era buena idea mandarle un mensaje de… lo que yo quisiera decirle. No pude llamar, ni escribir, ni nada.

Sólo se me ocurrió sacar los libros que tengo de él y reelerlos todos: el paso por ese París que sólo Julián pudo ver y plasmar en La feria de los lacayos; lo punzante de una pluma que no tiene conmiseración sobre la modernidad y sus conceptos, sobre la guerra y la literatura. El retrato de una debacle posmoderna en la que seguimos atrapados; uno de los pocos libros de ensayo que he disfrutado de pi a pa, Cándidos y tartufos. Pero guardé mi favorito para el final: La huella del conejo. Una novela de aventuras nutrida de las perversiones más oscuras de la mente de Julián y con eso, por supuesto, que no se entienda alguna referencia a escenas de sexo gratuitas o algo por el estilo. Me refiero a eso que habitaba en el ser escritor de Julián y que lo volvía complejo, indescifrable y profundamente auténtico. Nunca he leído La saga del conejo. Y no le he hecho porque no. Así como tampoco nunca he leído completo Rayuela (ni pienso hacerlo). Pero en este caso, en el caso del adorado Julián, me he de regalar a mí misma la lectura de ese que para mí, y solo para mí, será su último libro mientras pienso en él escribiendo junto a su nietecita y compartiéndose, tan generoso como hizo en vida con quienes fueron parte de su querer.

Maira Colín


Si te gustó esto te recomendamos...

512 comentarios a “Un respiro en el ITAM: Julián Meza”


  1. Carlos Silva
    Twitter: csilvanet

    “Outlier” no “outlayer”


  2. Angel

    Dios. Esta entra está horriblemente escrita, ¿te dices escritora? Vaya, sólo me pareces una mujer muy acomplejada y en consecuencia sumamente pretenciosa. Aunque quizás me equivoco y sólo no releíste tu escrito. No entiendo como Nexos permitió que un texto tan descuidado sea publicado en su sitio.