enero 16, 2012

Gustavo Pérez. Nuevas conversaciones con la cerámica

Escrito por Ana Sofía Rodríguez Everaert

El Palacio de Bellas Artes ha abierto sus puertas por primera vez al ceramista Gustavo Pérez (Ciudad de México, 1950), acreedor del Premio Nacional de Cerámica en 2010. Esta exposición pretende en un recorrido de cuatro salas, acercar a la obra reciente de este mexicano, moldeador y creador de libertades.

Conformada por 81 piezas a las que les basta la forma para prescindir del nombre, la exposición es un acercamiento acertado a la obra reciente de Pérez. Presenta en su mayoría vasijas hechas con torno y recorriéndolas es posible rastrear la mano del ceramista en el tiempo. Empieza con formas muy simétricas y angulares para abandonarse después al impulso de su confianza, casi complicidad, con el barro. Gustavo Pérez habla de libertades, dice estar en una búsqueda por renunciar a la rigidez y lo logra en piezas que parecen doblarse y desdoblarse con plasticidad, poniendo en duda el orden y principio de su creación.

A pesar del nuevo rumbo que Pérez ha decidido tomar en la elaboración de sus piezas, en esta exposición “Gustavo Pérez. Obra reciente” aun se adivina esa precisión que el ceramista se ha determinado tan fervientemente a no olvidar. Conciente de que la preponderancia de la imaginación no se contrapone a la técnica, en sus últimas piezas se sigue apreciando un trabajo impecable tanto en la manufacturación del cuerpo, como en su posterior trabajo de esmaltes. Seguimos viendo en cada pieza una serie de redes conformando composiciones que constantemente recuerdan a la arquitectura. Por la importancia que da a las estructuras, conciente de las formas y del uso del espacio, Pérez no sólo crea, sino, construye. En la realidad y en el imaginario.

En esta muestra, Pérez comparte también un mural y una instalación, ambas de enormes proporciones y cuyos procesos de elaboración develan a un apasionado y minucioso, casi obsesivo, artista. Las dos piezas, impresionantes por su detalle parecen ser un compendio de ilusiones ópticas que juegan con sombras y sus detalles. Además, vemos al ceramista experimentar con nuevos materiales; porcelana y barro negro de Oaxaca con los que el pulso no le tiembla y parecerían tan conocidos y tan aliados suyos como el gres (cerámica de pasta compacta y opaca cuyos productos tienen un cuerpo duro, no poroso y sonoro)

Por lo demás, el resto de las piezas son platones y sus conocidas vasijas, que sin embargo nunca lo han sido realmente. Estas vasijas, símbolo del trabajo de Pérez, más que proponer espacios vacíos para ser llenados parecerían contener de origen algo en ellas que buscara escapar, y que en el intento, deformaran la pieza. Abriendo en ellas heridas de libertad contenida, las vasijas presentan secuelas de rajadas y huecos, originales, y cada vez menos premeditados. Siguiendo el desarrollo cronológico de estas vasijas, es como mejor se entiende la  aventura a la que el artista ha incursionado recientemente, entre curvas que no terminan.

Resultado de viajes, lenguas, letras y melodías, todas las piezas de Gustavo Pérez resultan esculturas en sí mismas. Es evidente en su obra un lenguaje plástico dominado de tal forma por la experiencia, que ahora pretende regresar a los deslices. Creyente de que el barro sabe responder, Pérez ha establecido un diálogo en el que rescata el misterio que aun pueda quedar de una larga relación como ha sido la suya con el barro. En este exposición es evidente la revelación de nuevos secretos y el magistral arte de contarlos sin traicionarlos.

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