abril 30, 2011

El estilo personal de recordar

Escrito por Mario Arriagada Cuadriello

Tras las justificaciones iniciales, el lanzamiento de un blog requiere de una primera nota. Esa obviedad se puede resolver con facilidad a menos que uno crea, cabalísticamente, que esa primera nota debe representar el espíritu del blog. Sin pensar demasiado en el asunto y por fortuna, estiré el brazo a la mesa de noche y encontré las memorias de Daniel Cosío Villegas publicadas en 1976 por la editorial Joaquín Mortiz. El libro me pareció adecuado para el blog “registro personal” por tres razones: 1) Es una de esas memorias que se escriben muy poco en México, territorio donde el pudor o el cálculo político corrigen los recuerdos y los atontan. 2) Porque Cosío Villegas, a pesar de ser un economista a quien gustaban las comparaciones metódicas, también era un impresionista que se atrevía a incomodar al Presidente desmenuzando su “estilo personal de gobernar”. 3) Porque acaban de volver a desvelar una escultura de su persona, seguramente para su incomodidad póstuma, entre el Fondo de Cultura Económica y El Colegio de México. Aunque no de la mejor manera, la feliz ocasión puede verse como una muestra más del triunfo del personalismo sobre el argumento impersonal -presupuesto fundante de este blog. Aquí transcribo tres fragmentos que muestran apreciaciones tan personales como incisivas, que sin ser sistemáticamente académicas, nos dicen más de la experiencia de pasar por este mundo que una regresión cuadrática multivarial…

En el clímax del maximato, Cosío Villegas presentó un estudio sobre eficiencia agrícola al presidente Ortiz Rubio y al jefe máximo Plutarco Elías Calles. El estudio comparaba datos producidos por el Instituto Internacional de Roma (precursor de la FAO). De las reacciones a aquella presentación, Cosío Villegas hizo una apreciación tan afilada como personal:
“en primer lugar, Calles comenzó por decir que consideraba poco menos que antipatriótico usar una medida ideada por extranjeros; en segundo, afirmó que esos señores de Roma no podían saber lo que de trigo, maíz o algodón se daba en Sonora. El sí porque era del estado y ranchero […] aquellos señores de Roma eran unos ignorantes, y yo, que les creía, un ingenuo. La verdad de las cosas es que pocas veces he visto un retrato tan elocuente de un gobernante mexicano: basan sus juicios acerca de estos problemas en experiencias personales y abrigan una desconfianza, cundo no un desprecio verdadero, de cuanto significa levantarse por encima de ellas para llegar a una generalización que se basa en hechos comprobables” (p. 299)
Cuando trabajó en el departamento de Extensión Universitaria bajo las órdenes de Pedro Enríquez Ureña, ocurrió que Vasconcelos (ya a la cabeza de la Secretaría de Educación) pidió al director tres plazas de conferencistas para tres periodistas que no trabajarían para el departamento sino se dedicarían a cubrir el trabajo del Secretario y la Secretaría de Educación, básicamente una suerte de aviadores/periodistas que quedarían maiceados a bastanza. La reacción de Daniel Cosío Villegas, según la describe en sus memorias, fue suficientemente apasionada como para renunciar al cargo, pero con el tiempo la miró de otra manera:
“[…] en aquel entonces me provocó una reprobación total, sobre todo porque me parecía condenable comprar -¡y tan barato!- una publicidad innecesaria, sino que Vasconcelos llevara su cinismo hasta disimular la fuente de sus soborno. […] Quizás a estas alturas esa petición me hubiera hecho reír al ver qué pequeñas son las debilidades de los grandes hombres […]” (p.95)
Tras un viaje a Washington y luego a Londres donde visitó las bibliotecas del Congreso y la del Museo Británico, Cosío Villegas llegó a la muy personal conclusión de que las diferencias entre ambas salas de lectura se podían interpretar a partir de características/estereotipos nacionales:
“ambas correspondían a concepciones distintas de la educación, de la cultura y aun de la vida en general. Estados Unidos, con su inclinación no sólo democrática, sino populista, pensaba en bibliotecas abiertas, accesibles a todo el mundo, y cuya eficacia se media por el número de volúmenes que contenían y sobre todo por el de los lectores que los usaban. Inglaterra, cuna de la democracia occidental, practicaba en esto, como en todo, un criterio selectivo, que descansaba en la idea aristocrática de que sólo a espíritus selectos y cultivados les era dable disfrutar y aprovechar una biblioteca como la del Museo, lo cual, en buena medida es incuestionable.” (p. 120)
Este tipo de impresiones, tan en uso en el pasado tan en desuso el día de hoy, pueden parecer incómodamente generalizadoras, descompuestamente culturalistas o nubladas por las inclinaciones personales. De alguna manera lo son; sin embargo, es imposible pretender que no pasamos la vida haciendo este tipo de juicios a diestra y siniestra. La posición subjetiva del observador es inescapable. Este blog busca darle salida a ese Personalismo, especialmente al de aquellos que estén dispuestos a renunciar al argumento pasteurizado y apostarle al idiosincrático. Así como lo hizo el dramaturgo Menandro, dejando a un lado el viejo gusto por la heroicidad y el mito, y escogiendo la peripecia y a lo cotidiano como la mejor manera de retratar al mundo. Porque como como dijo ese viejo guionista “Qué cosa tan agradable el hombre, cuando es hombre”.

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