septiembre 22, 2011

La compañía 24. 11/09/2011

Escrito por Esteban Illades*

Gorras bajo el brazo y parches en el hombro. Los Angeles, Las Vegas, Boston y Manhattan. Sacos azules con tres botones dorados en las mangas. Cortes de pelo al ras. Uno a uno se enfilan y suben las escaleras de San Francisco de Asís, en West 31st Street. Bomberos de distintas ciudades estadounidenses vinieron a Manhattan para rendir tributo a sus compañeros caídos exactamente hace diez años a unas cuadras de aquí.

El séptimo batallón de bomberos de Nueva York está compuesto por cuatro compañías. Una de ellas, la 24, está enfrente de la iglesia de San Francisco, tres calles al sur del barrio conocido como “Hell’s Kitchen”, la cocina del infierno. “Hell’s Kitchen” es un lugar tradicionalmente italiano e irlandés. Es donde se ubicaban los “Five Points”, el territorio sin ley donde las grandes bandas criminales del siglo XIX peleaban hasta la muerte. Un auténtico infierno.

El 11 de septiembre de 2001, la compañía 24 emprendió el viaje al World Trade Center lo más pronto posible. De la boca del infierno salieron héroes. Entre ellos Mychal Judge, un cura franciscano de 68 años, el capellán. Judge llegó a la Torre Uno, y trajo paz y tranquilidad a las víctimas. Le dio la extremaunción a varias de ellas. Cuando el edificio se desplomó, minutos después, él se encontraba adentro.

Junto a Judge, otros 28 bomberos del séptimo batallón perdieron la vida como consecuencia de los atentados. Diez de ellos murieron tiempo después, por cáncer en las vías respiratorias. Se encargaron de limpiar la Zona Cero, pero a cambio almacenaron la ceniza en sus pulmones. Cargaron con ella hasta el fin.

El Padre Chris, el capellán actual, lleva la homilía. Los bomberos llenan la iglesia. Todos en silencio. Algunos agachan la cabeza. Los demás escuchan atentamente. Chris es elocuente: su sermón se enfoca en el perdón a aquel que ha causado daño. Habla de la pobreza en Estados Unidos y en Nueva York. De cómo hay que ayudarnos los unos a los otros, no sólo en tiempo de tragedia. Es algo que los neoyorquinos pueden hacer, enfatiza. “Ustedes experimentaron la vulnerabilidad. Pero respondieron con valor y generosidad”.

En las filas de atrás hay una familia. Todos portan un gafete alrededor del cuello, con la foto de uno de los bomberos.

La gente se hinca. Chris lee los nombres de los 29. Nadie habla. Los bomberos, del lado derecho, rezan. Se escuchan sollozos. Hombres fuertes, acostumbrados a subir las escaleras mientras los demás bajan, a enfrentar el peligro y a arriesgar sus vidas, no pueden contener el llanto. Sus compañeros hacen y seguirán haciendo falta.

La tristeza es interrumpida con aplausos. Se pide un minuto, pero las palmas duran mucho más. Los bomberos se limpian las lágrimas. Termina la misa, y los asistentes van a estrechar la mano de tan valientes personas.

Al abrir las puertas hay un sonido ensordecedor. Sirenas. Parece una emergencia.

No lo es. Son todas las patrullas de la ciudad, en unísono. Recuerdan el dolor. Diez años después, las cicatrices todavía no cierran.

*Esteban Illades (México DF, 1986). Estudiante de la maestría en periodismo en Columbia University.


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