agosto 18, 2011

El pocillo de peltre azul y otros cacharros perdidos

Escrito por Irma Valeriano

Esta mañana mi cafetera china de 15 dólares, walmartiana, feneció definitivamente…. O quizás fue ayer, no lo sé porque no la usé en todo el día. Por salir temprano de casa, preferí llevar conmigo mi mug vacío para rellenarlo por ahí.

Cafetera china aparece muerta en conocida cocina de Lake Street. Fecha y hora de deceso desconocidas.

“Hoy ya no hizo ni un ruidito después de que le pinché el botón de encendido (se puso rojo, pero esa fue la única señal de vida que el aparato me pudo dar), señor juez… juro que no sé más sobre su muerte”.

Desde hacía días me venía dando cuenta de que el cacharro ya no quería ejercer el oficio matutino con la presteza de sus viejos tiempos, pero yo continuaba animándolo con zacudidas, algún golpecito y palabras cariñosas (en susurros para que mi hijo no dijera por enésima vez que estoy loca… cosa que de cualquier modo dirá -le dé yo motivos o no- y yo, de cualquier modo, le responderé con alguna vulgaridad de ésas que le encanta escuchar y en las que soy súper ducha).

Saqué un pocillo de peltre azul que me traje ex-profeso desde mi tierra (porque aquí no existen) para situaciones como estas. Hice café al estilo mis rumbos: poniendo agua a hervir, echándole unas cucharadas de café al momento del hervor mayor, y retirando el pocillo inmediatamente del fuego para dejar la bebida asentarse a su propio tiempo y compás. Tres minutos después colé mi primera taza del día, taza que humea ahora a mi lado, feliz, sabiendo que ella es mi compañía más grata (a falta de una humana) a estas horas recién amanecidas y apenas iluminadas por soles pre-invernales.

Lo que noté al tener que hacer mi café al estilo pueblo fue que requirió una menor cantidad de grano molido que la que una cafetera eléctrica necesita para darte algo más que un agua chirle. Otra sorpresa grata fue que tienes que tomarlo a sorbitos pausados porque sale de tu pocillo poco menos que a los cien grados centígrados… y esto prolonga el ritual de los primeros tragos. Finalmente, por estas pausas obligadas, las señoras ideas (que señoritas ¡imposible!: seguro todas las ideas han pasado por otros, por muchos, por todos) vinieron a platicar conmigo conectando el asunto de la cafetera eléctrica y el pocillo de peltre azúl, entre las “facilidades” de la vida moderna y funcional y las “dificultades” de una época lejana, aparentemente pasada…

¿Cuántos pocillos azules habremos abandonado por el camino, cuando corríamos desbocados en las pistas de la modernidad? ¿Qué “cacharros” que un día nos resolvieron la vida y de hecho nos la hacían viable, dejamos que desaparecieran y los reemplazamos con otros de vida corta, manufacturados por obreros esclavizados en el otro lado del mundo, mamotretos del todo desechables, como esas manos que los colocaron y sacaron de la cadena donde fueron naciendo en series interminables e indistintas? Infinidades.

La cazuela de barro imprescindible para hacer frijoles refritos, el molinillo con el que se batía y se le sacaba espuma al chocolate dentro de su jarro también de barro, el mortero que en mi lugar de origen llamamos “chirmolera” con su mano de piedra, los anafes que en Oaxaca llamamos “anafres” (fogones portátiles, rudimentarios, para alimentar con carbón o leña)… las jícaras y cucharones de calabaza, los delantales de olanes, los estropajos de ixtle, los cuencos profundos para el café con leche matutino, los calendarios coloridos para enterarnos (aunque poco importara) qué día vivíamos, los relojes de pared (no he visto ninguno en ninguna casa en mucho tiempo), los manteles de cuadritos, los taburetes bajitos que no sé por qué conocíamos como “tarimas”, las sillitas pequeñas -aparentemente para niños, disponibles para cualquiera en cualquier momento-, las mecedoras, las máquinas de coser a las que había que pedalear, los aros de madera para restirar la tela a bordar, los canastos para ir a “hacer mercado”, las caracolas marinas que mantenían las puertas abiertas de par en par…

Voy a comprar una cafetera eléctrica para mi oficina. Ahí será su sitio adecuado, en mi mundo laboral. Ahí está bien la eficacia aparente, las prisas, la modernidad (lo que sea que eso sea). En mi casa el pocillito azul bastará.

Irma Valeriano

 


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536 comentarios a “El pocillo de peltre azul y otros cacharros perdidos”


  1. David de la Teja

    Me gusto mucho este articulo, la autora tiene una imaginación increible y mucho ingenio para describir situaciones de su vida cotidiana que de otra manera serian aburridas. Gracias por compartir.


  2. ALMA RAMIREZ

    Me entro nostalgia, recorde el cafe que hacia mi mama, en una ollita de peltre azul.


  3. José Vazquez

    Justamente deje mi cafetera en el trabajo y me quede con los pocillos y ollitas de peltre azul. Un gustazo poder disfrutar del café recién hecho por las mañanas con un poco de canela. Acompañandolo por un pan dulce :p Muy buen articulo.


  4. María Elena Barrón

    Me encantó el relato, gracias a la autora por narrar con imaginación y sentimiento. Y estoy totalmente de acuerdo con el café en el pocillo de peltre azul.