agosto 16, 2011

Mi viernes con Woody Allen

Escrito por Andrea Domingo

Antes de salir paseamos a mi perro, pero es una locura salir con él sin su cadena. Obtiene la libertad que se le niega en la casa durante el día y corre, vuela, como maniaco. Perdimos tiempo valioso tratando de atraparlo. Teníamos 20 minutos para llegar, estacionarnos (en plural, sí, en mi caso, es trabajo del conductor y copiloto), llegar al cine, ver la cartelera y entrar. Aunque si uno va con Demian, como yo, hay que formarse veinte minutos antes. No le gusta sentarse tan adelante ni tan atrás. Desde que leyó que la séptima fila es la mejor del cine, se pone insoportable. Compré las palomitas medianas por cuatro pesos más. No soy muy fan de la salsa comunal (es como valentina espesa pero con sabor raro) pero esta vez tenían una charola con chamoy, tajín, maggi, etc. Quiero aprovechar la oportunidad de estar escribiendo en este blog para felicitar al encargado de la nueva charola del chamoy. Entramos a la sala, y nos sentamos, no precisamente en la fila 7.

La película es una comedia romántica sobre una pareja que viaja a Paris. Él (Owen Wilson) está enamorado del Paris de los años veinte, mientras que a ella (Rachel McAdams) es guapa pero insoportable y le es indiferente. Al terminar una cena, tienen una invitación a bailar, pero él, de camino al hotel, lo invitan a subir a un auto que lo hace viajar por el tiempo.

Conoce al novelista Scott Fitzgerald y a la artista, escritora y mujer liberada Zelda Fitzgerald. Escucha a Cole Porter, habla con el escritor Ernest Hemingway, el pintor surrealista Salvador Dalí, el fotógrafo Man Ray, el cineasta Luis Buñuel y la escritora Gertrude Stein le da consejos sobre el libro que él está escribiendo. El director nos deja disfrutar del vestuario, peinados, música, en fin del glamour de esa bella época. Para mí que la película padece de un severo caso de name-dropping: de repente se convirtió en un pequeño juego de ir descubriendo a quien más íbamos a ver en la pantalla, cada que aparecía otra celebridad la gente exclamaba, incluso se reían, como si ya lo hubieran visto venir.

Al salir del cine me di cuenta que el presente siempre será el deseo del futuro al convertirse en pasado (no sé por qué esa idea me hizo pensar en mi perro). Como lo oyen y sí así de cursi. El pasado de la música, la moda, los escritores, pintores, fotógrafos, el pasado que inspira, que nos enamora, que envidiamos, pero no nos damos cuenta, que algún día nuestro presente inspirara a alguien más. Hay unas partes que son “muy Woody Allen”, pero otras no. Ya lo explicó el crítico ErnestoDiezmartinez mejor de lo que podemos decirlo otros:

“La esperanza que se vislumbra al final no es novedad en el cine de Allen. Lo que sí es insólito es la madurez a la que llega Gil, quien aprende que hay que vivir en este mundo lo mejor que se pueda y que no tiene sentido buscar escapes que no hay. Usted dirá que estos parecen consejos salidos de una galleta china. Pero, vamos: a mí me emociona ver a un protagonista alleniano llegar a algo parecido a la madurez”.

Será dinero bien gastado, vayan a verla. Saldrán con una gran sonrisa y si eres muy soñadora (como yo), a lo mejor algún día te ocurre que a media noche, en algún escalón de París, podrás finalmente ir a la época que más te inspira, haciendo de nuestra idea del pasado un presente a punto de convertirse en el futuro de alguien más. Una vez más.


Si te gustó esto te recomendamos...

56 comentarios a “Mi viernes con Woody Allen”