julio 20, 2011

Sobre el aburrimiento

Escrito por la redacción

Varios libros y artículos que reflexionan sobre el aburrimiento han aparecido recientemente. Parece que el bostezo y el tedio están tan de moda como la mugre y la  inmundicia. En el diario The Guardian, Andrew Anthony, escribe que el aburrimiento no es sólo un estado mental, también es un estado existencial, una pose noble y, en ocasiones, hasta puede ser un argumento de poder:

 

[Martin] Doehlmann distingue entre el “aburrimiento circunstancial” de siempre y su nuevo primo hermano, “el aburrimiento existencial”, la clase que va al corazón de la moderinidad post-ilustración (de hecho, el verbo aburrir -to bore- no llegó al inglés sino hasta la segunda mitad del siglo XVIII). Se refiere a una desesperanza desafectada resultado de la muerte de Dios, la búsqueda romántica por el sentido personal, y el encuentro metafísico con la nada, sobre la que legiones de escritores desde Flaubert hasta Ballard han derramado cubetones de tinta.

Aunque el aburrimiento existencial no está atado a una situación temporal, como las tediosas tareas domésticas, tampoco se puede decir que no sea -también- producto de la circunstancia, en tanto florece de un cierto grado de afluencia y ocio. En gran medida, los campesinos iletrados que trabajan de sol a sol en los campos no tienen el lujo de desesperar frente al incesante colapso de los significados culturales generados en un universo sin Dios.

Dejando de lado estas clasificaciones por un momento, es rasonable decir que el aburrimiento no es asunto sencillo. Para empezar, ¿acaso hay una relación directa entre el que está aburrido y “lo aburrido”? Algo nos dice que tengamos un nombre preciso para lo segundo pero no para lo primero.

Por supuesto que no es posible encontrar algo o alguien aburrido sin experimentar el sentimiento de aburrimiento; sin embargo, ene stos días, estar aburrido es apenas más aceptable que ser aburrido. Tradicionalmente el aburrimiento, como lo subrayó Kierkegaard, era una expresión de nobleza, y eso ya no sienta bien en nuestra era democrática. Mostrar abiertamente que estás aburrido sugiere rudeza, superioridad, y hasta desprecio, ninguna de las cuales son cualidades entrañables.

Sobre el aburrimiento (sea producto o retrato de), pocos libros tan famosos como el Libro del Desasosiego de Fernando Pessoa. Los espacios y los tiempos muertos, el silencio interior que se cocina cuando uno está sentado en un café, la contemplación de los transeúntes, son todos de una hermosura desasosegante. El libro es casi un estudio filosófico-poético sobre el aburrimiento, sobre esos momentos en que esperamos absolutamente nada. Aquí unos cuantos párrafos:

40

Lo que hay de más deleznable en los sueños es que todos los tienen. En algo piensa en la oscuridad el cargador que se amodorra de día contra la farola en el intervalo de los carreteos. Sé en qué entrepiensa: es en lo mismo en que yo me abismo entre asentamiento y asentamiento en el tedio estival de la oficina tranquilísima.

47

[...]

Pasando a veces por la calle, oigo trozos de conversaciones íntimas, y casi todas son de la otra mujer, del otro hombre, del muchacho de la alcahueta o de la amante de aquel…

Llevo, sólo por haber oído estas sombras de discurso humano que es, a fin de cuentas, todo aquello en que se ocupan la mayoría de las vidas conscientes, un tedio de asco, una angustia de exilio entre arañas y la conciencia súbita de mi encogimiento entre la gente real; la condenación de ser vecino igual, ante el señorío y el sitio, de los otros inquilinos de la aglomeración mirando con asco, por entre las verjas traseras del almacén del entresuelo, la basura ajena que se amontona con la lluvia en el zaguán que es mi vida.

67

[...]

Esas criaturas habían vendido todas ellas el alma a un diablo de la plebe infernal, avariento de sordideces y de relajamientos. Vivían la intoxicación de la vanidad y del ocio, y morían blandamente, entre cojines de palabras, en un arrugamiento de escorpiones de esputo.

Lo más extraordinario de toda aquella gente era la ninguna importancia, el ningún sentido, de toda ella. Unos eran redactores de los principales diarios, y conseguían no existir; otros tenían lugares públicos a la vista en el anuario y conseguían no figurar en nada de la vida; otros eran poetas hasta consagrados, pero un mismo polvo de ceniza les ponía lívidas las faces necias, y todo era un túmulo de embalsamados yertos, puestos con la mano a la espalda en posturas de vidas.

Guardo del poco tiempo que me empantané en aquel exilio de vivacidad mental un recuadro de buenos momentos de gracia libre, de muchos momentos monótonos y tristes, de algunos perfiles recortados contra la nada, de algunos gestos ofrecidos a las sirvientas del acaso, y, en resumen, un tedio náusea física y la memoria de algunas anécdotas ingeniosas.

En ellos se intercalaban, como espacios, unos hombres de más edad, algunos con dichos de espíritu pasado, que decían mal como los otros, y de las mismas personas.

Nunca he sentido tanta simpatía por los inferiores de la gloria pública como cuando les vi criticados por estos inferiores sin querer esa pobre gloria. Reconocí la razón del triunfo porque los parias de lo Grande triunfaban en relación a éstos, y no en relación a la humanidad.

82

Cultivo el odio a la acción como una flor de estufa. Me alabo conmigo mismo de mi clarividencia de la vida.

¿1915?

84

Enrollar el mundo alrededor de nuestros dedos, como un hilo o una cinta con la que jugase una mujer que sueña a la ventana.

Todo se resume, en fin, en procurar sentir el tedio de modo que no duela.

Seria interesante poder ser dos reyes al mismo tiempo (: ser, no un alma de ellos dos, sino las dos almas.)

 

 


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6 comentarios a “Sobre el aburrimiento”


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