julio 6, 2011

Crujidos, temblores y estallidos: los 70 años de Bob Dylan

Escrito por Adrián Acosta Silva

I´m listening to Billy Joe Shaver
And I´m reading James Joyce
Some people they tell me
I got the blood of the land in my voice
I Feel a Change Comin´ On (2009) 

Este año (el 24 de mayo, para ser exactos) Bob Dylan cumplió 70 años de edad. Hace 50, un joven de aspecto desgarbado, flacucho, con una voz y una guitarra que sonaban “igual que el de un perro con la pata atrapada en una alambrada” (como lo calificó en esos años un viejo músico de un grupo folk de Missouri), recorría bares y cafeterías del Greenwich Village neoyorkino para tocar viejas canciones y algunas de sus propias composiciones, tratando de encontrar una silla en la gran mesa de las identidades musicales de los primeros años sesenta. Con el paso del tiempo, su obra marcaría una nueva época en la música popular no sólo de la costa este de los Estados Unidos sino de buena parte del mundo.

Dylan es un personaje indescifrable, entre otras cosas porque es un maestro de las máscaras y los disfraces. Robert Zimmerman, el individuo, ha creado un personaje complejo, “enmascarado y anónimo”, justo como tituló uno de sus filmes a principios de los años 2000. Ese personaje es por supuesto, Bob Dylan. Es un músico de folk, en ocasiones un blusero eléctrico, en algún tiempo ejerció el oficio de predicador, a veces el de un salteador de caminos, en otras, un viejo gruñón y hosco, otras, un bato tímido y callado, casi siempre oculto en las aguas tranquilas de la vida contemplativa. Dylan el hereje se puede cambiar sin ninguna dificultad la máscara por la del Dylan el activista, el Dylan panfletario o el Dylan apático, gregario y ferozmente individualista al mismo tiempo.

Sus canciones y sus discos registran esas ambigüedades identitarias, confunden a los críticos y a sus fans, esculpe frases poéticas que significan lo que quien las escucha quiere que signifiquen, no lo que el autor intenta decir. El mismo Dylan ha echado fuego al desconcierto al declarar que no le interesa hablar ni de política ni de religión, ni se siente portador de los sueños de una generación, ni es un moralista político, ni da mensajes de protesta por nada. Sus expectativas son otras. Ser capaz de verlo todo, de apreciar el mundo y a las personas como son: contradictorias, confusas, violentas y conflictivas, solidarias, afectuosas, asesinas, frustradas e ilusionadas. Alguna vez declaró, a propósito de los clichés que rodean su obra: “Nos podemos sentir muy generosos un día y muy egoístas al cabo de una hora”. (Jonathan Cott (ed.), Dylan sobre Dylan. 31 entrevistas memorables.Globalrhythm Press, 2008, Barcelona).

El Dylan setentón conserva un par de rutinas básicas: escribir con bolígrafo o con máquina de escribir sus canciones, y no dejar que se sepa mucho de su vida privada. Pese a ello, es un músico capaz de ofrecer medio centenar de conciertos al año en Estados Unidos o en Europa. Además, es un personaje que confía enormemente en su intuición para crear discos como Time Out of Mind (1997), Modern Times (2006) o Togheter Through Life (2009), que le han merecido la consolidación de una reputación ganada a fuerza de talento, perseverancia y trabajo. La estética de la obra de Dylan es la estética de la fugacidad y el impresionismo. No escribe para la historia, ni se considera a sí mismo un escritor, un ensayista o un poeta. Desconfía de los clichés que le han endilgado, prefiere no opinar sobre casi ninguna cosa, y le gusta que lo vean simplemente como un músico folk, como lo eran sus ídolos Lightin´ Hopkins, Big Joe Williams, o Woody Guthrie. “Mis canciones son para cantarlas no para debatir en una mesa sobre ellas”, declaró en una entrevista en 1964. “Los crujidos, temblores y estallidos son la única belleza que entiendo”, dijo ahí mismo.

La influencia de Dylan en la música contemporánea es vaga, un tanto imprecisa pero indudable. Desde México a Brasil, de España a Francia, de Inglaterra a Canadá, de Argentina a Alemania, sus canciones y estilos alimentaron el surgimiento de cantantes y grupos que se dieron cuenta de que las canciones de rock no tenían por qué ser solamente canciones de amor o rolas para el baile de los sábados por la noche. Dylan, el alquimista, había logrado el milagro: mezclar letras inteligentes con sonidos viejos y nuevos, hacer que las canciones entonadas con una voz no precisamente armoniosa, y a veces inocultablemente y deliberadamente fea, sonaran como cánticos bellos y poderosos. El sonido Dylan es parte importante de la banda sonora del mundo en los últimos 50 años, y, aunque como apuntó alguna vez George Steiner, “las dotes de Dylan, por cautivadoras que sean, nunca serán iguales a las de Keats”, sus canciones han nutrido con variables dosis de imaginación, profundidad y talento la educación sentimental de quienes hemos escuchado algunas de los cientos de canciones que habitan sus decenas de discos. Hoy, a sus lúgubres pero espléndidos setenta, Dylan el sabio sigue reconociendo que la vida es dura, y sus canciones son una forma entre otras de lidiar con esa dureza. De cualquier forma, la obra dylanesca es ya una sombra alargada, proyectada con una enorme carga simbólica en diversas zonas de la cultura pop contemporánea.


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